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jueves, 4 de junio de 2026

Las bóvedas vacías, las calles llenas

 

 



Fredy Angarita

Fredy Angarita
Los muertos se fueron, el abandono se quedó

Hace veinte años sacaron el último muerto del Cementerio San Lorenzo. Desde entonces, las bóvedas quedaron vacías.

Hace 198 años se fundó el Cementerio San Lorenzo, en la comuna 10, La Candelaria. Se dice que fue el primer cementerio extramuros de Medellín. Nació para cumplir las normativas sanitarias de las Leyes de Indias de la Corona española que prohibían seguir enterrando a los fallecidos dentro de las iglesias debido al riesgo de epidemias.

Tras décadas de funcionamiento, el cementerio dejó de recibir cuerpos. Entre 2003 y 2006 se completó la exhumación masiva de los restos que allí reposaban para ser trasladados de manera definitiva al Cementerio Universal.

Hoy, a pesar de haber sido declarado bien de interés cultural y patrimonial, el lugar ha atravesado largos periodos de abandono institucional y social. Cuando uno camina por allí en las primeras horas de la mañana, descubre una paradoja extraña: las bóvedas están vacías, pero la calle del frente está llena de cuerpos.

No de cuerpos sin vida, de habitantes de calle.

Hombres y mujeres que encontraron en este sector algo parecido a un refugio. Tal vez un lugar para descansar, tal vez un rincón donde nadie los moleste, quizá porque la gente le teme a los muertos, pero ha aprendido a ignorar a los vivos.

En los últimos años, la Alcaldía de Medellín y algunos colectivos ciudadanos han impulsado proyectos, restauraciones y pactos para recuperar sus fachadas y galerías, con la intención de convertirlo en un Parque Cementerio Patrimonial abierto al público y al turismo histórico. Sin embargo, poco parece haber cambiado.

Basta mirar a sus nuevos vecinos.

Las esquinas están llenas de basura y escombros. Los andenes parecen una morgue al aire libre: cuerpos cubiertos con cartones, cobijas y costales. Personas que duermen a pocos metros de un cementerio vacío, como si la ciudad hubiera trasladado la muerte de las bóvedas a las aceras.

Quizá los muertos tienen una ventaja sobre los vivos: alguien los extraña.

Esa es la ironía más cruel de San Lorenzo.

El cementerio ya no guarda muertos. Los trasladaron hace años. Lo que nadie ha logrado trasladar es el abandono. Cuando amanece, las bóvedas permanecen vacías y los andenes continúan llenos.

Los muertos ya encontraron dónde descansar.

Los vivos todavía no.

viernes, 17 de mayo de 2024

Morir solo

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.

Desde pequeño escuchaba la lacónica sentencia: “el que come solo, muere solo”. Sin duda, era la advertencia perentoria para aprender a compartir con otros lo que uno estaba comiendo. Yo no sé qué fundamentos podría tener la dichosa frase, el hecho es que me acordé de ella por estos días cuando me he enterado de la muerte solitaria de dos personas adultas mayores.

Los casos son diferentes. El primero es el de un hombre solitario y cascarrabias que era propietario de un apartamento en un conjunto residencial. No era una persona asequible y parece que adolecía de un trastorno mental porque cada vez que se cruzaba con alguien lo maltrataba verbalmente, de modo que no era muy deseable encontrarse con él. Durante 12 días nadie supo dónde estaba. Fue uno de los porteros quien dio la señal de alerta: ¿le habrá pasado algo?, ¿lo habrá atropellado un carro y estará en la morgue? Nadie lo sabía y parecía que a nadie le interesara saberlo. La administración se decidió a llamar a los bomberos para acceder a su propiedad porque se le llamaba y no contestaba. Tampoco ningún familiar suyo dio señales en todo ese tiempo. Cuando la diligencia se hace el cuadro con el que se encuentran es muy triste: un hombre sentado en la sala, con unas botellas de vino al lado. Así llevaba casi dos semanas. No se había descompuesto más el cuerpo por el alcohol consumido. Se ve que el infarto fue fulminante y no le dio tiempo de pedir auxilio. Solo vivió, solo lo encontraron.

El segundo caso es el de una mujer, mayor de edad, que toda su existencia vivió sola en su apartaestudio. Su comportamiento fue aparentemente “normal” hasta la víspera de su suicidio, pues sostuvo conversaciones con amigos cercanos como si nada particular estuviese pensando. Lo raro fue advertir al portero que si ella no aparecía en dos dias avisaran a un determinado teléfono y que cuando fueran a entrar usaran tapabocas. El protocolo mortal se cumplió como estaba previsto y cuando los advertidos fueron a ver qué había pasado la encontraron muerta por una ingesta de un veneno mortal. Toda su vida estuvo rodeada de mucha gente que la admiraba y quería, pero eso pareció olvidarse ante tan fatal decisión. Sola encontraron a la que había vivido sola.

Ya ven ustedes tan dantescos cuadros. Lo lamentable del asunto es que es más común de lo que uno podría imaginarse. Y no solo pasa en Bogotá, acaece en todos los países del mundo. Especialmente tan proverbiales como trágicos los recurrentes casos en Estados Unidos y la vieja Europa. Es dramático: centenares de adultos mayores que viven solos y ya no le encuentran sentido a seguir viviendo. Son altas las estadísticas de ancianos suicidas. Queda uno desconcertado y sin mayores palabras qué decir. Qué tristeza, qué dolor tener que vivir uno solo y morir solo. Sin duda, los casos son diferentes, cada persona tiene su propia y sentida historia. Lo que tienen en común es el desenlace trágico de su existencia.

Muchas personas han tomado la decisión de vivir solas, en aislamiento voluntario. Uno se pregunta si a una determinada edad deberían internarse en un geriátrico para tener una asistencia y una ayuda. Me parece terrible morir solo y cuasi abandonado y que los demás se den cuenta solo cuando hiede el difunto. Como dije, los casos son más comunes de lo que uno cree y duele que suceda.

viernes, 22 de abril de 2022

Qué dura es la vejez

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

La soberbia de la juventud es mirar con desdén a las personas mayores y creer que se va a ser joven toda la vida. La fortaleza, el ímpetu, la agilidad, la belleza física, propias de los años mozos, son tan ciertas como efímeras. Pronto se acaban y se transforman en un abrir y cerrar de ojos, en debilidad, pérdida de lucidez, lentitud, acumulación de males y achaques.

Los obispos del Celam en Puebla decían en 1979 que la juventud no es una etapa sino una actitud ante la vida y yo creo que no les faltó razón. Hay adultos mayores con un espíritu chévere, lozano, alegre, siempre fresco. Y también hay jóvenes en años, pero bastante envejecidos, chochos, remilgados y mañosos. Es verdad, es la actitud. Pero también es verdad que los almanaques pesan, pasan y pisan duro. Y aunque el espíritu esté pronto, la carne es débil. El motor funciona bien, pero la carrocería se deteriora.

Esos mismos obispos cuando hablaban de los rostros sufrientes de Cristo a nivel continental también aludieron a los “rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen” (Cfr. #39) Y también tenían razón. En este contexto donde todo es desechable, para esa sociedad consumista uno ya es “viejo” después de los 35. La trágica paradoja es que la expectativa de vida aumenta a punto de afirmar que quienes hoy están naciendo llegarán fácilmente a los 100 años. Muy bonito, pero ¿en qué condiciones, con qué calidad de vida?

En una de las experiencias del programa de formación y acción social de nuestros colegios, se invita a nuestros jóvenes a valorar a nuestros ancianos, tan aparentemente distantes en años, pero tan cercanos en la convivencia cotidiana, porque ya los abuelos y pronto los papás se encontrarán en esa situación. Se pretende sensibilizar y hacer tomar conciencia de que nuestros viejos son cúmulos de experiencia y sabiduría, sujetos de fragilidad, pero también cargados de ternura.

Como saben, mi mamá pasa de los 90 y qué duro ha sido para mí aceptar que ya no es ni puede volver a ser la misma de antes. Se va apagando como una velita, cada día es menos porque cada día aparecen novedades de salud, algunas tratables y otras ineludiblemente irreversibles. Con ella fuimos a visitar un familiar en un geriátrico y me conmovió profundamente verla a ella, mayor tan solo dos años, acariciarlo, consentirlo y ponerse a servirlo. A la par, me dolió en el alma ver a otros ancianos solos, tristes, abandonados por los suyos que literalmente los tiran y calman conciencia creyendo que con pagarle una mensualidad ya cumplieron su deber. Al menos corrieron con un tris de suerte, porque a otros literalmente los botan a la calle como si fueran estorbo y basura. ¡Qué insensibilidad, qué inhumanidad! El gatico y el perrito con los mejores cuidados y el abuelo tirado, relegado, olvidado. ¡A dónde hemos llegado!

Qué dura es la vejez, independientemente de lo aquí dicho. Qué bueno por aquellos que no tuvieron que padecerla en condiciones lamentables. Siempre será una alerta y un llamado de atención para ser considerados y misericordiosos con ellos. Un día nos tocará el turno y… no falta mucho.