Rafael Uribe Uribe
En
1962 asumimos la dirección de la Subgerencia de Fomento de la Caja Agraria.
Cada subgerencia tenía un comité directivo presidido por un miembro de la Junta
Directiva y tuve la fortuna de que el nuestro lo encabezara el expresidente
Mariano Ospina Pérez.
Firmamos
con el BID un plan ganadero para impulsar el desarrollo pecuario de los Llanos
Orientales y escogimos como referencia la hacienda La Libertad, propiedad de
José Mejía Salazar, miembro de la Junta Directiva, quien la ofreció gentilmente,
aunque no estaba financiado por el BID. Tenía unas treinta mil hectáreas, adelantaba
un excelente programa de mejoramiento ganadero, contaba con
infraestructura e instalaciones de calidad y disponía de varias
pistas que facilitaban la visita a los hatos.
Ese
conjunto de condiciones la convertía en un modelo propicio para invitar
ganaderos y mostrarles el potencial del plan. Allí nació mi interés por el
desarrollo de la altillanura.
En
1967, Paolo Lugari buscaba tierras para un proyecto innovador que consolidó en
1971, la Fundación Centro Gaviotas. Aunque ya me había retirado de la Caja
Agraria pude apoyarlo desde la Junta del Incomex de la que hacía parte en ese
entonces.
Gaviotas
se convirtió en un laboratorio de innovación para el trópico: creó una
comunidad rural autosuficiente, reforestó ocho mil hectáreas de sabana, desarrolló
proyectos de energía solar y eólica, diseñó bombas de agua de bajo costo, molinos
de viento, arietes de alto rendimiento, produjo el biodiesel para sus
necesidades, sistemas de potabilización, e impulsó la producción agrícola y el manejo
sostenible del mayor bosque biodiverso de la región en ese entonces, recuperó
la fauna y realizó otros proyectos para una explotación totalmente autónoma y
sostenible.
La
experiencia de Gaviotas confirmó que el desarrollo de la altillanura no podía
depender solo del entusiasmo e iniciativas aisladas. Su transformación agropecuaria
exige proyectos de gran escala capaces de sostenerse durante muchos años y
apoyados en infraestructura, investigación, tecnología y crédito. La propiedad del
predio no es mandatorio.
Debe
ofrecer seguridad jurídica, facilitar la asociación de otros propietarios y
reglas estables para la inversión, algo que hace un tiempo fue satanizado. Los
proyectos agroindustriales de envergadura allí requieren cuantiosos recursos
iniciales, retornos de largo plazo y la confianza para comprometer capital que integren
las comunidades vecinas y protejan el medio ambiente.
Celebro
que el Ministerio de Agricultura haya anunciado el impulso que esta región
merece para garantizar la seguridad alimentaria y estimular la exportación
agropecuaria y, por qué no, la de bonos de carbono de proyectos forestales a
gran escala.
El Rincón de Dios
“El
que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará.” Eclesiastés 11:4
