viernes, 3 de julio de 2026

Merecido

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.

Esta secuencia de narraciones sobre mi vuelta a España concluyó con dos broches de oro: una cena exquisita en Madrid con mi ahijada María Mónica y su esposo Rodrigo, y el día siguiente, ya de regreso en la T4 de Barajas con Luis Miguel, exalumno ignaciano, quien con afecto me reconoció y saludó. ¿A dónde va padre? Regreso a Colombia. ¿En qué vuelo? En el de las 11.00. ¡Entonces yo lo llevo! Y fue así, piloto de Avianca, ahora del Boing 787, ya en el aire me invitó a la cabina y durante media hora pude conocer cómo es eso de manejar un aparato con 260 pasajeros a 38 mil pies de altura. Fin de la zaga. ¿Qué más puedo pedir?

Vox populi, vox Dei. Lo han dicho ustedes y yo lo acepto con humildad, o sea con verdad, como enseña Teresa, la doctora de Ávila. Ni más ni menos.

Unánimemente, en estas semanas, ustedes, en algún momento de nuestros contactos me lo han dicho: muy merecido, te lo mereces, merecidas vacaciones, descanso merecido, etcétera.

Y al ver la definición del término, ya como adjetivo, ya como sustantivo, se dice de algo que “resulta justo y ganado como consecuencia lógica de los esfuerzos, acciones o conductas de una persona”. Entonces sí, tienen razón, este tiempo corresponde a un merecido descanso. Arduos años sin vacaciones, sin mayores descansos o recesos, estrés natural propio de una exigente responsabilidad, acumulación de funciones y tareas, muchas de ellas indelegables, madrugones y trasnochos, sábados y domingos con tareas múltiples, en fin…

De ello no me arrepiento, tampoco hago alarde. Mi madre me enseñó a trabajar, a ganarme el pan con esfuerzo, a hacer las cosas bien. Y el Señor me dice ahora: “ven a descansar un poco”. Quienes somos “workaholicos” necesitamos descansar. El que no descansa, cansa. Hay, pues, que parar, hacer un alto, recuperarse. Recuerdo que estando en Medellín de rector, un domingo sobre las 10 de la noche una madre de familia me llamó para decirme que acababa de pasar por la avenida frente al colegio y había visto la luz de mi oficina encendida. Me informaba para que la fuera a apagar. Le dije, no, es que estoy aquí trabajando. Y lo que me gané fue un soberano regaño. El domingo es para descansar y mire las horas que son. Tenía razón, no lo volví a hacer hasta las 10, solo hasta las nueve, jajaja.

Por eso, al concluir esos ciclos de los que les hablé el otro día, he recordado a San Pablo cuando le escribió a Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mi, sino a todos los que aman su venida” (2 Tim 4,7-8)

Doy gracias a Dios por haberme permitido hacerlo durante el mes de junio en España. También a la Compañía por invitarme a hacerlo. Desde aquí hoy quiero agradecerles a todos aquellos que me han acogido en sus casas, me han invitado a pasear, a comer y sobre todo a descansar, jesuitas, amigos y familiares, a todos los llevo en el corazón con gratitud. Todos se esforzaron no solo por hacerme sentir bien sino por darme lo mejor. Un regalo de Dios. Un regalo de mi madre quien días antes de morir me dijo que quería morirse para que yo pudiera descansar y pudiese pasear. Por eso a ella la tuve presente todo el tiempo y sentí que gozaba paso a paso mi vuelta a España: ¡gracias, mamá!

Es duro decirlo, pero hay gente que nunca descansa, ya por el compromiso que tienen con su misión y que no les da ocasión para hacerlo, ya porque no se pueden dar ese “lujo” … ¿lujo? No. Necesidad. También el maestro se escapaba a estar con sus amigos en Betania.  Lo justo es que, así como el que trabaja merece su sustento, también el que trabaja merece su descanso. Pronto vendrá una nueva misión y hay que estar frescos, renovados, con baterías recargadas. Es necesario descansar, es saludable. Es merecido.