José Leonardo Rincón, S. J.
Esta secuencia de
narraciones sobre mi vuelta a España concluyó con dos broches de oro: una cena
exquisita en Madrid con mi ahijada María Mónica y su esposo Rodrigo, y el día siguiente,
ya de regreso en la T4 de Barajas con Luis Miguel, exalumno ignaciano, quien
con afecto me reconoció y saludó. ¿A dónde va padre? Regreso a Colombia. ¿En
qué vuelo? En el de las 11.00. ¡Entonces yo lo llevo! Y fue así, piloto de
Avianca, ahora del Boing 787, ya en el aire me invitó a la cabina y durante
media hora pude conocer cómo es eso de manejar un aparato con 260 pasajeros a
38 mil pies de altura. Fin de la zaga. ¿Qué más puedo pedir?
Vox populi, vox Dei. Lo
han dicho ustedes y yo lo acepto con humildad, o sea con verdad, como enseña Teresa,
la doctora de Ávila. Ni más ni menos.
Unánimemente, en estas
semanas, ustedes, en algún momento de nuestros contactos me lo han dicho: muy
merecido, te lo mereces, merecidas vacaciones, descanso merecido, etcétera.
Y al ver la definición
del término, ya como adjetivo, ya como sustantivo, se dice de algo que “resulta
justo y ganado como consecuencia lógica de los esfuerzos, acciones o conductas
de una persona”. Entonces sí, tienen razón, este tiempo corresponde a un
merecido descanso. Arduos años sin vacaciones, sin mayores descansos o recesos,
estrés natural propio de una exigente responsabilidad, acumulación de funciones
y tareas, muchas de ellas indelegables, madrugones y trasnochos, sábados y
domingos con tareas múltiples, en fin…
De ello no me
arrepiento, tampoco hago alarde. Mi madre me enseñó a trabajar, a ganarme el
pan con esfuerzo, a hacer las cosas bien. Y el Señor me dice ahora: “ven a
descansar un poco”. Quienes somos “workaholicos” necesitamos
descansar. El que no descansa, cansa. Hay, pues, que parar, hacer un alto,
recuperarse. Recuerdo que estando en Medellín de rector, un domingo sobre las
10 de la noche una madre de familia me llamó para decirme que acababa de pasar
por la avenida frente al colegio y había visto la luz de mi oficina encendida.
Me informaba para que la fuera a apagar. Le dije, no, es que estoy aquí
trabajando. Y lo que me gané fue un soberano regaño. El domingo es para
descansar y mire las horas que son. Tenía razón, no lo volví a hacer hasta las
10, solo hasta las nueve, jajaja.
Por eso, al concluir
esos ciclos de los que les hablé el otro día, he recordado a San Pablo cuando
le escribió a Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera,
he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la
cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mi, sino a todos
los que aman su venida” (2 Tim 4,7-8)
Doy gracias a Dios por haberme
permitido hacerlo durante el mes de junio en España. También a la Compañía por
invitarme a hacerlo. Desde aquí hoy quiero agradecerles a todos aquellos que me
han acogido en sus casas, me han invitado a pasear, a comer y sobre todo a
descansar, jesuitas, amigos y familiares, a todos los llevo en el corazón con
gratitud. Todos se esforzaron no solo por hacerme sentir bien sino por darme lo
mejor. Un regalo de Dios. Un regalo de mi madre quien días antes de morir me
dijo que quería morirse para que yo pudiera descansar y pudiese pasear. Por eso
a ella la tuve presente todo el tiempo y sentí que gozaba paso a paso mi vuelta
a España: ¡gracias, mamá!
Es duro decirlo, pero
hay gente que nunca descansa, ya por el compromiso que tienen con su misión y
que no les da ocasión para hacerlo, ya porque no se pueden dar ese “lujo” …
¿lujo? No. Necesidad. También el maestro se escapaba a estar con sus amigos en
Betania. Lo justo es que, así como el
que trabaja merece su sustento, también el que trabaja merece su descanso. Pronto
vendrá una nueva misión y hay que estar frescos, renovados, con baterías
recargadas. Es necesario descansar, es saludable. Es merecido.
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