José Leonardo Rincón, S. J.
Hoy celebra la Iglesia la fiesta de San Ignacio
de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, es decir, los jesuitas estamos de
celebración especial y lo vamos a hacer esta vez encontrándonos para acompañar
a dos hermanos que serán ordenados presbíteros.
No se ama lo que no se conoce, decimos. Como
jesuita, en la medida que he ido conociendo a mi padre fundador, lo admiro más,
lo quiero más. Y la razón es muy sencilla: me fascina de su personalidad, la de
un ser humano común y corriente que creció, maduró, evolucionó todo el tiempo,
como él mismo se definió en la autobiografía: “hombre de grandes deseos”,
asunto que irá demostrando en el cambio de la búsqueda de sí mismo a la
búsqueda de la “mayor gloria de Dios”.
El magis (más) es un superlativo y también toda
una dinámica. El bien, entre más universal, más divino. Ir allí donde haya
mayor necesidad, por ejemplo. Es no
contentarse con lo básico, lo mediocre.
Para grandes cosas nos ha creado Dios, de modo que la respuesta no puede
ser mezquina, apocada. Por eso, muchos
hermanos que me han precedido desde hace casi cinco siglos han sido realmente
unos colosos apostólicos: Francisco
Javier, Mateo Ricci, Roberto de Nóbili, Theilhard de Chardin, Karl Rahner, Tony
de Mello, Pedro Arrupe, Francisco, por citar algunos… la lista es larga y
motivo de sano orgullo de familia.
Ignacio nunca se estancó, siempre estuvo en
movimiento. Se autodenomina también “el peregrino”; su advocación: la Señora
del Camino; su historia: un permanente discurrir por diversas latitudes; su
dinámica existencial “buscar y hallar la voluntad de Dios” a través del
discernimiento espiritual; su escuela: los Ejercicios Espirituales.
He podido seguir algunas de las etapas de su
vida más impactantes: por supuesto, Loyola: la solariega casa en Azpeitia, su
niñez, su juventud, su familia numerosa;
Madrid: donde las seducciones de la vana gloria lo animaban a grandes
conquistas humanas, las del servicio a la Corte y el galanteo a la hija del
Emperador; Barcelona: donde sienta cabeza, reflexiona, se deja ayudar, ve la
importancia de prepararse bien, ora, discierne; Roma: donde ejerce su gobierno
como General y se dedica a pensar estratégicamente la Orden fundada, escribe
las constituciones y lidera la naciente empresa apostólica hasta el final de
sus días. Me falta París: no he estado
en esos sitios claves donde se formó académicamente, donde conoció a los amigos
claves para fundar la Compañía, donde se emitieron los votos… Lo cierto es que
por donde estuvo dejó huellas, dejó amigos y también detractores. No podía
pasar desapercibido alguien auténtico, único, irrepetible. Un “loco por Cristo”
(otra de sus definiciones), visionario, emprendedor, apasionado, cerebral y a
la vez pletórico de afectos que debió ordenar.
Felicitaciones mi carismático padre Iñigo,
Ignacio, Nacho. Nos inspiras, nos alientas, tu espiritualidad está más fresca y
lozana que nunca. Te dejaste permear, invadir, transformar, por la Divinidad y
con ello nos has evidenciado que cuando eso sucede, alrededor nuestro suceden
grandes cosas. Quiero, aunque sea modestamente, seguir esos pasos como
peregrino. Y tú que ahora me lees, ayúdame a que eso sea posible. ¡Así sea!
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