José Leonardo Rincón, S. J.
Cuando
planeé el viaje a Barcelona, mi intención principal fue visitar a mi amigo José
María Rambla, S. J., de quien les conté fue mi instructor de Tercera Probación,
una especie de segundo noviciado que ya adultos como jesuitas y antes de los
últimos votos o profesión solemne hacemos por espacio de varios meses.
A
José María no lo había vuelto a ver desde hace 25 años. Es un hombre muy reconocido
por ser una autoridad en materia de espiritualidad ignaciana: teólogo
espiritual ha sido maestro de novicios, escritor y varias veces instructor de
tercera probacion. La idea era visitarlo y compartir con él, pero nunca imaginé
que me tenía reservado un regalo de marca mayor: peregrinar por los lugares que
recorrió Ignacio de Loyola, nuestro fundador, por esta región. Así que por
espacio de día y medio anduvimos de visita en el monasterio de Monserrat, la
cueva de Manresa y la Barcelona antigua. Como si fuera poco me ha regalado dos
de sus últimas publicaciones: El arte de la amistad en San Ignacio y Barcelona
en la vida de San Ignacio. Con este “baño” quedó evidenciado entonces que
he actualizado mi sistema con la versión Ignatius2026.
Monserrat
o monte aserrado, queda a más de una hora en tren de Barcelona. Equivocado yo
pensaba que ese Monserrat era como nuestro Monserrate con la ciudad ahí pegada.
Es una formación montañosa de imponente altura. Los monjes benedictinos qué
acaban de cumplir 1000 años allí, en su momento fueron auténticos caprinos para
escalar aquello y asentarse frente a semejantes abismos. Hoy se accede en
carro, funicular o teleférico. La abadía es majestuosa en su construcción y
acabados, de exquisito gusto estético, armonía y orden en sus formas. Viven
poco más de 30 monjes y su abad es bastante joven. El santuario alberga a La
Moreneta, Nuestra Señora de Monserrat, esa imagen ante la cual Ignacio decidió
abandonar su vida pasada y comenzar una nueva. El Papa León estuvo al día
siguiente.
Manresa.
También confieso que estaba pifiado respecto de su ubicación. Creía yo que la
cueva estaba enclavada en aquellas montañas y no. Está media hora más adelante
en tren. Es un pueblo grande y la cueva, entonces al aire libre con el río
Cardoner al fondo, abajo, ahora queda encerrada en el subsuelo de un precioso edificio
que tiene Iglesia y habitaciones, antes casa de formación de jesuitas, hoy
centro de espiritualidad. Emocionante estar allí, palpar esas rocas que fueron
testigos de la iluminación que tuvo Ignacio y que le hizo ver claras las cosas y
entender todo como nunca pensó podría llegar a vivirlo.
Barcelona
antigua. Aprendí que la perfecta cuadrícula de la nueva se ubica en las afueras
de la amurallada antigua, de la cual quedan algunos vestigios. Sus calles
angostas y tortuosas conservan edificaciones de mil años o más. De seguro
Ignacio las recorrió más de una vez. Impactante Santa María del Mar, donde en
una puerta lateral se conserva el escalón donde Ignacio pedía limosna para
luego compartir lo recibido con los pobres y después ir a clase en una casa al
frente donde habitaba su tutor. Aquí Loyola entendió que debería prepararse,
senda académica que luego lo llevó a Alcalá y París, las mejores universidades
de su tiempo. Interesante enterarse de las amistades que aquí cultivó, varias
de ellas mujeres prestantes y ricas que lo patrocinaron e incluso quisieron
formar la rama femenina de la naciente Orden. Una de ellas lo logró y consta
que fue la primera y última también en ser jesuitina.
No
los canso más. Como les dije, hay mucho que contar. Esto apenas es un aperitivo
para animarse a venir y vivirlo directamente, como toda experiencia, única, con
sabor y coloridos propios.
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