martes, 16 de junio de 2026

Baño de ignacianidad

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Cuando planeé el viaje a Barcelona, mi intención principal fue visitar a mi amigo José María Rambla, S. J., de quien les conté fue mi instructor de Tercera Probación, una especie de segundo noviciado que ya adultos como jesuitas y antes de los últimos votos o profesión solemne hacemos por espacio de varios meses.

A José María no lo había vuelto a ver desde hace 25 años. Es un hombre muy reconocido por ser una autoridad en materia de espiritualidad ignaciana: teólogo espiritual ha sido maestro de novicios, escritor y varias veces instructor de tercera probacion. La idea era visitarlo y compartir con él, pero nunca imaginé que me tenía reservado un regalo de marca mayor: peregrinar por los lugares que recorrió Ignacio de Loyola, nuestro fundador, por esta región. Así que por espacio de día y medio anduvimos de visita en el monasterio de Monserrat, la cueva de Manresa y la Barcelona antigua. Como si fuera poco me ha regalado dos de sus últimas publicaciones: El arte de la amistad en San Ignacio y Barcelona en la vida de San Ignacio. Con este “baño” quedó evidenciado entonces que he actualizado mi sistema con la versión Ignatius2026.

Monserrat o monte aserrado, queda a más de una hora en tren de Barcelona. Equivocado yo pensaba que ese Monserrat era como nuestro Monserrate con la ciudad ahí pegada. Es una formación montañosa de imponente altura. Los monjes benedictinos qué acaban de cumplir 1000 años allí, en su momento fueron auténticos caprinos para escalar aquello y asentarse frente a semejantes abismos. Hoy se accede en carro, funicular o teleférico. La abadía es majestuosa en su construcción y acabados, de exquisito gusto estético, armonía y orden en sus formas. Viven poco más de 30 monjes y su abad es bastante joven. El santuario alberga a La Moreneta, Nuestra Señora de Monserrat, esa imagen ante la cual Ignacio decidió abandonar su vida pasada y comenzar una nueva. El Papa León estuvo al día siguiente.

Manresa. También confieso que estaba pifiado respecto de su ubicación. Creía yo que la cueva estaba enclavada en aquellas montañas y no. Está media hora más adelante en tren. Es un pueblo grande y la cueva, entonces al aire libre con el río Cardoner al fondo, abajo, ahora queda encerrada en el subsuelo de un precioso edificio que tiene Iglesia y habitaciones, antes casa de formación de jesuitas, hoy centro de espiritualidad. Emocionante estar allí, palpar esas rocas que fueron testigos de la iluminación que tuvo Ignacio y que le hizo ver claras las cosas y entender todo como nunca pensó podría llegar a vivirlo.

Barcelona antigua. Aprendí que la perfecta cuadrícula de la nueva se ubica en las afueras de la amurallada antigua, de la cual quedan algunos vestigios. Sus calles angostas y tortuosas conservan edificaciones de mil años o más. De seguro Ignacio las recorrió más de una vez. Impactante Santa María del Mar, donde en una puerta lateral se conserva el escalón donde Ignacio pedía limosna para luego compartir lo recibido con los pobres y después ir a clase en una casa al frente donde habitaba su tutor. Aquí Loyola entendió que debería prepararse, senda académica que luego lo llevó a Alcalá y París, las mejores universidades de su tiempo. Interesante enterarse de las amistades que aquí cultivó, varias de ellas mujeres prestantes y ricas que lo patrocinaron e incluso quisieron formar la rama femenina de la naciente Orden. Una de ellas lo logró y consta que fue la primera y última también en ser jesuitina.

No los canso más. Como les dije, hay mucho que contar. Esto apenas es un aperitivo para animarse a venir y vivirlo directamente, como toda experiencia, única, con sabor y coloridos propios.