martes, 19 de mayo de 2026

Rothko en Florencia

Lucrecia Piedrahíta
Lucrecia Piedrahíta

Cuando el color volvió a ser sagrado y la cultura volvió a producir ciudad.

En Florencia está ocurriendo uno de los acontecimientos curatoriales más importantes de los últimos años en Europa. Mark Rothko ha regresado simbólicamente a la ciudad que transformó la idea occidental de belleza, y Florencia entiende nuevamente que el arte contemporáneo no es una ruptura del Renacimiento, sino una de sus continuidades más profundas.

Impacto más allá del arte

La gran retrospectiva Rothko en Palazzo Strozzi, curada por Christopher Rothko y Elena Geuna, construye una tesis visual sobre el tiempo, el silencio y la espiritualidad del color. También confirma lo que Arturo Galansino ha logrado desde Palazzo Strozzi: convertir nuevamente a Firenze en un centro internacional para el arte contemporáneo.

En una ciudad donde el peso de Michelangelo, Leonardo da Vinci, Sandro Botticelli, Giotto y Fra Angelico parecía suficiente para clausurar cualquier conversación contemporánea, Palazzo Strozzi abrió un diálogo entre siglos. Las cifras revelan la magnitud de esa transformación. Hoy la institución opera con uno de los modelos culturales más dinámicos de Italia: cerca del 40 % de sus ingresos provienen de taquilla y aproximadamente el 45 % de patrocinio privado. Gracias a ello, Florencia ha vuelto a insertarse en el mapa global del arte contemporáneo con exposiciones de Ai Weiwei, Marina Abramović, Anish Kapoor y Helen Frankenthaler. Pero Rothko ocupa otro lugar dentro de esa historia reciente.

Porque Firenze comprendió algo decisivo para las ciudades culturales del siglo XXI: el patrimonio no sobrevive repitiéndose a sí mismo, sino entrando en conversación con el presente. El Renacimiento no puede convertirse en una reliquia inmóvil. Debe seguir produciendo pensamiento contemporáneo, turismo cultural sofisticado y economía simbólica.

Rothko en Firenze tampoco funciona como una exposición construida desde el espectáculo. Su radicalidad consiste justamente en lo contrario. En una época gobernada por pantallas, velocidad y fragmentación digital, esta exposición vuelve a convocar multitudes alrededor de algo profundamente improductivo: quedarse quietos mirando color.

El valor

Y precisamente allí reside parte de su enorme valor cultural y económico. La exposición demuestra que todavía existe una economía internacional de la contemplación; una economía construida no desde el consumo rápido de imágenes, sino desde la experiencia estética profunda. Tal vez allí resida el verdadero triunfo cultural de Florencia hoy: haber entendido que el arte contemporáneo no solo produce prestigio simbólico, sino también nuevas formas de atención humana.

Porque Rothko vuelve a Firenze como si siempre hubiera pertenecido allí. La exposición despliega más de setenta obras en una línea cronológica impecable que permite comprender el espectro total de su investigación pictórica: desde las obras figurativas de los años treinta hasta las grandes atmósferas cromáticas finales. La museografía tiene la inteligencia de no acelerar esa transición. El visitante avanza lentamente desde la figura hacia la desaparición de la figura; desde el relato hacia la vibración pura.

Uno comprende entonces que Rothko nunca abandonó realmente la figura humana. Simplemente desplazó la figura hacia el interior del espectador. Los campos de color comienzan a comportarse como arquitectura emocional. Los amarillos irradian expansión y respiración. Los verdes contienen gravedad terrestre y silencio. Los azules producen profundidad metafísica. Los rojos dejan de ser color para convertirse en umbral, memoria y eternidad.

Contraste

La museografía comprende perfectamente esta condición arquitectónica de Rothko. Las salas están construidas desde la penumbra para desacelerar el cuerpo y conducir al espectador hacia la contemplación. La abstracción aquí se convierte en atmósfera espiritual. Las pinturas respiran. Expanden el muro. Alteran la percepción del espacio. La exposición alcanza una dimensión aún más conmovedora cuando se despliega hacia el Museo di San Marco y la Biblioteca Medicea Laurenziana. Allí la curaduría se convierte en manifiesto. Porque lo que esta exposición propone es que el gran arte pertenece a una intensidad espiritual compartida.

Rothko visitó Firenze en 1950, profundamente impactado por los frescos luminosos de Fra Angelico y por la atmósfera devocional de San Marco. La exposición entiende la importancia de esa revelación y construye uno de los gestos curatoriales más sofisticados de todo el recorrido: pequeñas obras de Rothko, pertenecientes a distintos períodos y realizadas en técnicas diversas, dialogan directamente con los frescos de Fra Angelico. Las relaciones no son anecdóticas. Surgen desde afinidades de color, de materia y de impulso espiritual.

Y allí aparece quizás una de las lecciones más importantes de esta exposición: tanto el convento de San Marco como la Biblioteca Laurenziana enseñan a mirar las relaciones profundas entre el arte clásico y el arte contemporáneo. Enseñan que las verdaderas obras maestras no pertenecen a una época, sino a una intensidad de experiencia humana capaz de atravesar los siglos.

Entre Fra Angelico y Rothko existen quinientos años de distancia histórica. Pero frente a las obras esa distancia desaparece. Ambos entienden el color como revelación interior. Ambos construyen silencio. Ambos producen contemplación. Ambos crean espacios para el alma. En San Marco, los campos cromáticos de Rothko parecen absorber la respiración lenta de las celdas pintadas por Fra Angelico. Y en la Laurenziana ocurre algo todavía más poderoso: la arquitectura de Michelangelo comienza a funcionar como un cuerpo emocional capaz de contener la abstracción moderna y contemporánea.

Allí uno comprende algo esencial: Rothko también era arquitecto… de estados interiores.

Hace algunos años Christopher Rothko recordó que su padre quería que las personas lloraran frente a sus pinturas del mismo modo en que lloraban frente a la música. Y en Firenze esa frase adquiere una dimensión total. Mientras recorría las salas en penumbra pensé varias veces en Lascia ch’io pianga de George Frideric Handel:

Lascia ch’io pianga e che sospiri la libertà.”

Déjame llorar y suspirar por la libertad.”

Quizás eso sea finalmente Rothko. Una forma silenciosa de libertad interior. En Florencia, el color volvió a ser sagrado. Y esa arquitectura invisible construida por Rothko —hecha de penumbra y silencio, termina por abrirnos el corazón frente a nosotros mismos.

Economía & Cultura | Rothko en Florencia: cuando el color volvió a ser sagrado y la cultura volvió a producir ciudad

Columna de Lucrecia Piedrahíta (arquitecta/curadora) para el periódico El Tiempo.