Lucrecia Piedrahíta
Cuando
el color volvió a ser sagrado y la cultura volvió a producir ciudad.
En
Florencia está ocurriendo uno de los acontecimientos curatoriales más
importantes de los últimos años en Europa. Mark Rothko ha regresado
simbólicamente a la ciudad que transformó la idea occidental de belleza, y
Florencia entiende nuevamente que el arte contemporáneo no es una ruptura
del Renacimiento, sino una de sus continuidades más profundas.
Impacto
más allá del arte
La
gran retrospectiva Rothko en Palazzo Strozzi, curada por Christopher
Rothko y Elena Geuna, construye una tesis visual sobre el tiempo, el
silencio y la espiritualidad del color. También confirma lo que Arturo
Galansino ha logrado desde Palazzo Strozzi: convertir nuevamente a Firenze
en un centro internacional para el arte contemporáneo.
En
una ciudad donde el peso de Michelangelo, Leonardo da Vinci, Sandro Botticelli,
Giotto y Fra Angelico parecía suficiente para clausurar cualquier conversación
contemporánea, Palazzo Strozzi abrió un diálogo entre siglos. Las cifras
revelan la magnitud de esa transformación. Hoy la institución opera con uno de
los modelos culturales más dinámicos de Italia: cerca del 40 %
de sus ingresos provienen de taquilla y aproximadamente el 45 % de
patrocinio privado. Gracias a ello, Florencia ha vuelto a insertarse en
el mapa global del arte contemporáneo con exposiciones de Ai Weiwei, Marina
Abramović, Anish Kapoor y Helen Frankenthaler. Pero Rothko ocupa otro lugar
dentro de esa historia reciente.
Porque
Firenze comprendió algo decisivo para las ciudades culturales del siglo XXI: el
patrimonio no sobrevive repitiéndose a sí mismo, sino entrando en
conversación con el presente. El Renacimiento no puede convertirse en
una reliquia inmóvil. Debe seguir produciendo pensamiento contemporáneo,
turismo cultural sofisticado y economía simbólica.
Rothko
en Firenze tampoco
funciona como una exposición construida desde el espectáculo. Su radicalidad
consiste justamente en lo contrario. En una época gobernada por pantallas,
velocidad y fragmentación digital, esta exposición vuelve a convocar
multitudes alrededor de algo profundamente improductivo: quedarse quietos
mirando color.
El
valor
Y
precisamente allí reside parte de su enorme valor cultural y económico.
La exposición demuestra que todavía existe una economía internacional de la
contemplación; una economía construida no desde el consumo rápido de
imágenes, sino desde la experiencia estética profunda. Tal vez allí
resida el verdadero triunfo cultural de Florencia hoy: haber entendido que el arte
contemporáneo no solo produce prestigio simbólico, sino también nuevas formas
de atención humana.
Porque
Rothko vuelve a Firenze como si siempre hubiera pertenecido allí. La
exposición despliega más de setenta obras en una línea cronológica impecable
que permite comprender el espectro total de su investigación pictórica: desde
las obras figurativas de los años treinta hasta las grandes atmósferas
cromáticas finales. La museografía tiene la inteligencia de no acelerar esa
transición. El visitante avanza lentamente desde la figura hacia la
desaparición de la figura; desde el relato hacia la vibración pura.
Uno
comprende entonces que Rothko nunca abandonó realmente la figura humana.
Simplemente desplazó la figura hacia el interior del espectador. Los campos
de color comienzan a comportarse como arquitectura emocional. Los amarillos
irradian expansión y respiración. Los verdes contienen gravedad terrestre y
silencio. Los azules producen profundidad metafísica. Los rojos dejan de ser
color para convertirse en umbral, memoria y eternidad.
Contraste
La
museografía comprende perfectamente esta condición arquitectónica de Rothko.
Las salas están construidas desde la penumbra para desacelerar el cuerpo
y conducir al espectador hacia la contemplación. La abstracción aquí se
convierte en atmósfera espiritual. Las pinturas respiran. Expanden el muro.
Alteran la percepción del espacio. La exposición alcanza una dimensión aún más
conmovedora cuando se despliega hacia el Museo di San Marco y la Biblioteca
Medicea Laurenziana. Allí la curaduría se convierte en manifiesto. Porque lo
que esta exposición propone es que el gran arte pertenece a una intensidad
espiritual compartida.
Rothko
visitó Firenze en 1950,
profundamente impactado por los frescos luminosos de Fra Angelico y por
la atmósfera devocional de San Marco. La exposición entiende la importancia de
esa revelación y construye uno de los gestos curatoriales más sofisticados
de todo el recorrido: pequeñas obras de Rothko, pertenecientes a distintos
períodos y realizadas en técnicas diversas, dialogan directamente con los
frescos de Fra Angelico. Las relaciones no son anecdóticas. Surgen desde afinidades
de color, de materia y de impulso espiritual.
Y
allí aparece quizás una de las lecciones más importantes de esta exposición:
tanto el convento de San Marco como la Biblioteca Laurenziana enseñan a mirar
las relaciones profundas entre el arte clásico y el arte contemporáneo.
Enseñan que las verdaderas obras maestras no pertenecen a una época, sino a
una intensidad de experiencia humana capaz de atravesar los siglos.
Entre
Fra Angelico y Rothko existen quinientos años de distancia histórica.
Pero frente a las obras esa distancia desaparece. Ambos entienden el
color como revelación interior. Ambos construyen silencio. Ambos
producen contemplación. Ambos crean espacios para el alma. En San Marco, los
campos cromáticos de Rothko parecen absorber la respiración lenta de las celdas
pintadas por Fra Angelico. Y en la Laurenziana ocurre algo todavía más
poderoso: la arquitectura de Michelangelo comienza a funcionar como un
cuerpo emocional capaz de contener la abstracción moderna y contemporánea.
Allí
uno comprende algo esencial: Rothko también era arquitecto… de estados
interiores.
Hace
algunos años Christopher Rothko recordó que su padre quería que las personas
lloraran frente a sus pinturas del mismo modo en que lloraban frente a
la música. Y en Firenze esa frase adquiere una dimensión total.
Mientras recorría las salas en penumbra pensé varias veces en Lascia ch’io
pianga de George Frideric Handel:
“Lascia
ch’io pianga e che sospiri la libertà.”
“Déjame
llorar y suspirar por la libertad.”
Quizás
eso sea finalmente Rothko. Una forma silenciosa de libertad interior. En
Florencia, el color volvió a ser sagrado. Y esa arquitectura
invisible construida por Rothko —hecha de penumbra y silencio, termina por abrirnos
el corazón frente a nosotros mismos.
Economía
& Cultura | Rothko en Florencia: cuando el color volvió a ser sagrado y la
cultura volvió a producir ciudad
Columna
de Lucrecia Piedrahíta (arquitecta/curadora) para el periódico El Tiempo.
