En teoría política, la soberanía
es la autoridad suprema y máxima dentro de un territorio, implicando la capacidad
de un Estado para autogobernarse y tomar decisiones fundamentales sin interferencia
externa, emanando tradicionalmente del pueblo, la nación o el Estado mismo, y manifestándose
en el poder de crear leyes y administrar su orden interno e internacional.
En teoría política, la autonomía
es la capacidad de un individuo, grupo o comunidad para gobernarse a sí mismo (autónomos),
estableciendo sus propias leyes y tomando decisiones sin control externo coercitivo,
siendo un concepto clave para la libertad, autodeterminación y la estructura de
estados modernos, como se ve en la autonomía regional o territorial. Implica no
solo la libertad de actuar, sino también la facultad de darse y seguir las propias
normas, equilibrando la independencia con la responsabilidad y los derechos fundamentales.
En teoría política, la igualdad es
el principio fundamental que señala que todos los individuos deben tener el mismo
estatus y derechos, implicando un trato justo y sin discriminación ante la ley y
en la participación pública, aunque se reconoce que no todos tienen las mismas circunstancias,
requiriendo a veces una equidad para compensar desigualdades y asegurar oportunidades
reales para todos, lo que se desglosa en igualdad ante la ley, igualdad política
(voto, representación) e igualdad de oportunidades.
Ante los hechos recientes en
Venezuela, queda claro que países como Colombia, Venezuela, Panamá, y cerca de 180
países más, en medio de la prepotencia y la elocuencia de las palabras, no somos
más que simples paisitos tercermundistas que no tenemos la real capacidad de autogobernarnos
y mucho menos de resolver nuestros problemas de seguridad internos y externos y
es por eso que ante cualquier eventualidad, se recurre a la “ayuda desinteresada”
del país que funge como Imperio y que vemos ingenuamente como padrino ya que nos
hemos acostumbrado a girar alrededor de su órbita, sacrificando el ejercicio pleno
de los conceptos antes mencionados, ya sea por temor, por incapacidad, por interés
o por supuesta conveniencia, cuando no es que se interviene de manera autónoma por
parte del Imperio y simplemente pasa por encima del país de turno.
Es muy posible que en los tires
y encoges propios de las relaciones internacionales otros poderes, otros imperios
y eventualmente algún organismo multilateral vea una coyuntura propicia para el
logro de sus objetivos o intereses y quiera por simple conveniencia intervenir ofreciendo,
de nuevo, “ayuda desinteresada”.
Una cosa dice la teoría
política, asociada al “deber ser”, y otra la geopolítica, la realpolitik alrededor
de “lo que en realidad es”.
No nos podemos engañar detrás del sentido natural y la bondad de las palabras, convirtiéndolas en conceptos a los cuales no podemos aspirar a concretar por nuestra debilidad estructural, lo que nos lleva a enunciar “conceptos simbólicos” que, por lo etéreos, no sirven sino de distractores y de consuelo.
El manejo simbólico del derecho
en teoría política se refiere a cómo el derecho, más allá de sus normas, usa y genera
símbolos (justicia, orden, igualdad) para influir en la sociedad, crear legitimidad
y lograr efectos políticos, actuando como un poder simbólico que transforma
relaciones, de fuerza en sentido y aceptación social, a veces por encima de su eficacia
literal, como se ve en el derecho penal o la constitucionalización simbólica en
contextos de crisis política. Alguien diría en términos parroquiales, que el manejo simbólico del derecho
es el ejercicio de tomar acciones o decisiones para dejar constancia de que se interviene
a pesar de que lo que se diga o haga sea inocuo y no genere ningún impacto.
Como podemos ver, en nuestro
caso, la comprensión y el ejercicio pleno de los conceptos enunciados es históricamente,
por ahora, una verdadera quimera.
Actuamos como niños chiquitos
que, ante cualquier dificultad con algún hermanito, tenemos que recurrir al papá
para que imponga el orden que nosotros somos incapaces de imponer por nosotros mismos
con nuestros propios recursos, manteniendo o generando ese cordón umbilical del
cual no nos hemos podido desprender aún hoy, en teoría, habiendo conquistado nuestra
independencia y habiéndonos autoproclamado y siendo reconocidos como repúblicas
Independientes.
Existen algunos actores del poder
a quienes les gusta el papel de papá y ante la evidente debilidad y desorden de
los países a quienes ven como hijos, se comportan como papás ante hijos revoltosos
y débiles en sí mismos aplicando la regla del premio y el castigo.
Caso aparte es la ineficacia,
el anacronismo y la extemporaneidad de las actuaciones de la casi totalidad de organismos
multilaterales como la ONU y la OEA, a quienes los poderes de turno mantienen con
vida artificial para tener escenarios donde se puedan generar “espacios simbólicos”
para que los paisitos se sientan iguales e importantes y jueguen a ser grandes.
Afortunadamente en términos históricos,
no ha habido imperios eternos en el mundo, por lo cual cada uno trata de aprovechar
su cuarto de hora. Todos los Imperios que en el mundo han sido, se originan y se
mantienen hasta el final de sus días a través del uso de la fuerza. Ningún Imperio
se ha creado o sostenido por las buenas.
Es supremamente importante que los procesos educativos generen conciencia geográfica e histórica entre los futuros ciudadanos, para cuando la rueda de la historia nos dé la posibilidad de intervenir de manera real en nuestro propio manejo y en la relación equitativa con los demás.
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