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viernes, 28 de marzo de 2025

Adolescencia

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Había que verla y se vio. Se dice que es de las mejores miniseries de Netflix y creo que no exageran. Los comentarios de pasillo hasta artículos con juiciosos análisis profesionales se han venido dando con ocasión de su aparición en nuestro medio. No es para menos, de modo que recomiendo verla si usted es educador y con mayor razón si es padre de familia.

Personalmente me dejó muy contento, más que el libreto y la extraordinaria actuación del joven Owen Cooper en su papel de Jamie Miller, los cuestionamientos que suscita y las necesarias conversaciones que deberían darse sobre asuntos que hoy día están en boga por evidentes y contundentes, pero que en su mayoría son ignorados por la generación adulta.

En efecto, las brechas generacionales son cada vez más profundas. Y no lo digo en mi caso de educador que fui por 35 años y donde podrían ser abísmales con los "pelaos" de nuestros centros educativos de hoy día, sino entre ellos mismos cuyas distancias son más cortas. Recuerdo un comentario de un joven que terminaba su bachillerato referirse a su hermano menor: "no entiendo a estos muchachos de hoy día" (¡plop!)

Hay aquí un primer reto: acercarse, generar confianza, suscitar diálogos abiertos y sin tapujos con las jóvenes generaciones para conocer sus realidades, lo que les preocupa, las jergas y lenguajes que utilizan, por cierto, cada vez más icónicos y simbólicos. A propósito, tuve que acudir al doctor Google para indagar qué significaba "incels", por ejemplo. Y los múltiples emojis con tan diversas expresiones, qué significan, a qué aluden.

En un mundo con exponenciales avances tecnológicos, muy peligroso resultaría ser su rechazo, o la deliberada ignorancia del impacto que genera. Es increíble lo que significa tener en las manos un celular o un computador de última generación: todo el mundo, toda la información, cierta o fake, a cualquier hora, en tiempo real, al alcance de un clic. Y como siempre lo he pensado, frente a estos aparatos, el asunto no es demonizarlos y exorcizarlos, sino valorarlos y aprender a usarlos como debe ser, pues son medios maravillosos y no fines en sí mismos. Deslumbrante ver cómo nos conectan en milésimas de segundo con nuestra antípoda y cómo nos separan a años luz con los que tenemos al lado.

Impacta en la serie constatar que la familia de Jamie es una familia constituida, no es disfuncional, por el contrario, pareciera haber afecto, cercanía. En realidad, sorprendentemente, no es tan así. Imagínense, entonces, lo que se cocina en la gran cantidad de núcleos donde la realidad es otra: vacíos parentales, carencias afectivas, relaciones rotas, en fin... las conocemos.

¿Y en la escuela? La sensación de impotencia frente a realidades que desbordan a educadores que se quedaron anquilosados en el tiempo y no se dieron cuenta a qué horas el mundo cambió. Como si el asunto se solucionara decomisando o reteniendo temporalmente celulares. En el centro educativo están 8 horas cuanto más y ¿en las 16 horas restantes, en manos de quien están?

La vida afectiva es capital. Hay que proporcionarla, pero también educarla. Los gobiernos creen que el asunto se soluciona poniendo dispensadores de preservativos y enseñando a cuidarse en los precoces inicios de la vida sexual, como si la fiebre estuviese en las sábanas. Más al fondo, Jamie tiene un autoconcepto por trabajar, una autoestima baja, una agresividad reprimida y no canalizada por lo que termina donde termina. Para colmos, el bullying ya ha hecho estragos, a veces silenciosamente, a veces con estrépito. Ahí está, siempre ha estado, pero no todos tienen las herramientas para manejarlo y colocarlo en el lugar que le corresponde. Vean Adolescencia y hablamos.

viernes, 10 de enero de 2020

Una película para ver: "Los dos Papas"


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Ya lo sé: se han escrito muchos artículos sobre la exitosa película de Netflix y este, uno más, no va a superarlos. No pretendo eso, solo comentar con ustedes, mis fieles amigos, cuál es mi personal apreciación sobre esta cinta que apenas pude ver en estos días, pero que ha cautivado medio mundo desde hace varias semanas.

Déjenme decirles que la disfruté a tope, de comienzo a fin. Ya había oído decir que era muy buena y ciertamente lo es. Incluso, algunos amigos la habían visto dos y tres veces y es verdad que vale la pena repetirla. Está muy bien lograda cinematográficamente hablando. Y uno se compenetra tanto con la historia, que termina emocionándose igual, ya por los momentos jocosos, ya por los que desgranan lágrimas, ya por los que suscitan expectante ansiedad.

Y es que los dos actores protagonistas, en realidad derrochan calidad artística al asumir con tanta propiedad los papeles. Debieron gastarse horas analizando a sus personajes para poder imitarlos a la perfección. Y el director, de quien me dicen que no es creyente, demuestra, sin embargo, un conocimiento profundo y bastante veraz de que allí se escenifica, una temática compleja, que en algunos casos requiere rigor histórico, aunque deliberada y explícitamente se advierta que si bien está basada en hechos reales, no es una película estrictamente histórica, cosa que nadie duda: el libreto se mueve sobre un encuentro ficticio entre Benedicto XVI y el cardenal Bergoglio, quien resultará elegido su sucesor.

Los Papas, tan bien encarnados, muestran plenamente su lado humano y, ese, es el mayor logro de la película. La disciplina germana y la espontaneidad latina. Las convicciones profundas de cada uno que brotan de sus genuinas y diametralmente opuestas experiencias. No faltará el fino humor en medio de las divergencias conceptuales. Se evidencia el talante auténticamente honesto de cada uno, con sus particulares reicidumbres, combinadas también con la capacidad de dejarse interpelar, cambiar de parecer cuando la realidad se impone y también de pedir perdón por los errores.

La temática, en su eje vertebral, pretende mostrar las dos caras reales de la Iglesia: una, heredera del glorioso cesaropapismo, arraigada firmemente en la inamovible ortodoxia milenaria que tuvo su culmen en el Concilio Vaticano I y, otra, de reciente cuño, producto de la transformación eclesial que generó el Concilio Vaticano II y, particularmente dos de sus Constituciones: Lumen Gentium y Gaudium et spes.

En realidad, más allá de las “alas” teológico-ideológicas que pueda obviamente la Iglesia tener corporativamente hablando, lo que prima o debería primar es la fuente misma, esencial e irrefutable del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, patrón y referente indiscutible que, institucionalmente, se traduce como organización en la Iglesia, una entidad realmente humana con lo que eso connota de santa y pecadora, casta-meretriz.

La lluvia de críticas no ha amainado. La mayoría son felizmente laudatorias, pero no falta el comentarista destemplado, laico o clérigo, que sienta que esta película vulnera la imagen del Santo Padre pues favorece la imagen de uno y juzga duramente al otro (según el sesgo, se dirá cuál es cuál, a conveniencia). El hecho es, como dice el teólogo brasileño Leonardo Boff, que ni Benedicto pasa la barrera de su comportamiento flemático, ni Francisco puso a bailar tango a Benedicto. Eso hace parte de la versión ficticiamente novelada.

Dejo aquí por ahora para decirles que, si no la han visto, se animen a verla. Y si quieren, por esta misma tribuna, pueden escribir sus valiosos comentarios. Yo por lo menos, quedé muy feliz de verla y estoy absolutamente seguro de que bien valió la pena dedicar estas dos horas de cine constructivo. Creo yo que es más y mayor el bien que ha hecho, que las aisladas inexactitudes que haya podido tener.