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lunes, 3 de agosto de 2026

Lo que César Borgia entendió antes que nosotros

Lucrecia Piedrahíta
Lucrecia Piedrahíta

El valor de mercado global ha migrado un 90 % hacia los activos intangibles, mostrando que el motor del desarrollo ya no es la infraestructura física.

La economía mundial ha cambiado de naturaleza. Sin embargo, buena parte de nuestras conversaciones sobre desarrollo siguen ancladas en categorías del siglo pasado.

Continuamos preguntándonos cómo aumentar la productividad, cómo atraer inversión o cómo construir más infraestructura. Son preguntas necesarias. Pero quizás estamos dejando de lado una cuestión más profunda: ¿cuál es el principal activo económico de una sociedad?

La pregunta es más antigua de lo que parece.

A comienzos del siglo XVI, cuando César Borgia buscaba consolidar y expandir su poder en los territorios italianos, recurrió a Leonardo da Vinci. Lo incorporó a su servicio como ingeniero militar, arquitecto y estratega. Leonardo estudiaba sistemas hidráulicos, diseñaba fortificaciones, producía cartografías de precisión y analizaba el territorio como un sistema complejo de información, movilidad y poder.

La decisión resulta reveladora. La historia recuerda a Leonardo como uno de los grandes artistas del Renacimiento, mientras que Borgia reconoció en él una inteligencia capaz de conectar conocimientos distintos y transformar observación en acción. Identificó una capacidad excepcional para comprender problemas complejos y generar nuevas posibilidades.

El valor

Cinco siglos después, las economías más dinámicas del planeta siguen buscando exactamente lo mismo.

Durante gran parte de la historia, la riqueza dependió de la posesión de tierras, recursos naturales, puertos o capacidad militar. Hoy esos factores continúan siendo importantes, pero resultan insuficientes para explicar por qué algunas sociedades innovan más que otras, crean más valor que otras o logran transformar industrias enteras mientras otras permanecen rezagadas. La diferencia radica en su capacidad para producir conocimiento nuevo y convertirlo en soluciones.

Esta afirmación tiene consecuencias profundas. Si la principal fuente de riqueza es la capacidad de generar nuevas ideas, entonces la discusión sobre desarrollo debe incluir la calidad de la educación, la fortaleza de las universidades, la inversión en investigación, la circulación del conocimiento y la capacidad de una sociedad para fomentar el pensamiento crítico y la creatividad.

El físico David Deutsch ha sostenido que el progreso humano depende de la producción de mejores explicaciones sobre la realidad. La historia económica parece confirmarlo. La imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, internet o la inteligencia artificial surgieron cuando alguien encontró una manera nueva de comprender el mundo. Las grandes transformaciones económicas comenzaron como transformaciones en el conocimiento.

Por eso resulta cada vez más difícil separar economía, ciencia, educación y cultura. Todas forman parte del mismo ecosistema donde se generan las capacidades que más valor producen. Las universidades, los centros de investigación, los laboratorios, las bibliotecas, los museos y las industrias creativas cumplen una función estratégica que rara vez aparece en los indicadores de corto plazo: amplían el horizonte de lo posible.

La escena entre Borgia y Leonardo contiene además una lección particularmente relevante para nuestro tiempo. Borgia identificó el valor de una mente capaz de cruzar fronteras entre disciplinas. Leonardo podía estudiar anatomía y arquitectura, hidráulica y geometría, arte y matemáticas. Su singularidad residía precisamente en esa capacidad de establecer conexiones inesperadas.

La paradoja es que vivimos en una época que produce más información que ninguna otra en la historia, mientras fragmenta el conocimiento en compartimentos cada vez más estrechos. A medida que las tecnologías avanzan a una velocidad vertiginosa, la capacidad de conectar perspectivas distintas se vuelve más escasa y valiosa.

La inteligencia artificial hace aún más visible esta tensión. Las máquinas procesan información, reconocen patrones y ejecutan tareas complejas. Las preguntas verdaderamente transformadoras surgen en las fronteras donde se encuentran la ciencia y las humanidades, la tecnología y el arte, la economía y la cultura. Allí nacen las ideas capaces de abrir nuevos caminos.

Los recursos

Quizás por eso la pregunta más importante para Colombia sea si estamos fortaleciendo las capacidades que permitirán generar valor en las próximas décadas. Si estamos formando personas capaces de conectar conocimientos, imaginar soluciones y producir nuevas explicaciones sobre los desafíos que enfrentamos.

Hace quinientos años, César Borgia entendió que el recurso más valioso de su tiempo era una mente capaz de ver conexiones que otros no veían. Cinco siglos después, la pregunta sigue abierta: en una economía donde el conocimiento genera más valor que los activos físicos, ¿estamos invirtiendo en las capacidades que producirán el futuro o seguimos administrando las herencias del pasado?

Columna de Lucrecia Piedrahíta (arquitecta/curadora) para el periódico El Tiempo.

viernes, 3 de julio de 2026

El principal activo estratégico de Colombia

Lucrecia Piedrahíta

La riqueza hoy no se mide por recursos, sino por la singularidad cultural. Colombia tiene una ventaja estratégica única en su identidad irrepetible.

Las grandes transformaciones económicas comienzan cuando cambia la definición de riqueza. La Revolución Industrial convirtió el carbón y el acero en sinónimo de poder. El siglo XX desplazó ese poder hacia el petróleo, la manufactura y el capital financiero.

El siglo XXI vuelve a cambiar la ecuación. En una economía donde el capital circula, la tecnología se difunde y la información se comparte a escala global, la ventaja competitiva ya no depende exclusivamente de lo que una nación posee. Depende, sobre todo, de aquello que ninguna otra puede reproducir.

Las cifras confirman ese cambio. La Unesco estima que las industrias culturales y creativas representan alrededor del 3,1 % del PIB mundial y el 6,2 % del empleo global.

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad) señala que las exportaciones mundiales de servicios creativos alcanzaron cerca de 1,5 billones de dólares en 2023, equivalentes a casi una quinta parte del comercio mundial de servicios.

No describen el crecimiento de un sector. Revelan el desplazamiento del valor económico hacia los activos intangibles: conocimiento, creatividad, propiedad intelectual y capacidad de innovación.

La economía del conocimiento alteró la naturaleza de la competencia. Cuando el capital, la tecnología y la información pueden adquirirse, la ventaja estratégica pasa a ser aquello que no puede comprarse ni copiarse. La singularidad deja de ser un atributo cultural para convertirse en un activo económico.

Ninguna nación puede reproducir la memoria histórica de otra, sus lenguas, sus paisajes culturales, la inteligencia acumulada por sus comunidades o la creatividad construida durante generaciones. Esa singularidad constituye hoy uno de los recursos más escasos y, por ello, uno de los más valiosos de la economía contemporánea.

Ese activo es la cultura. No entendida como un sector administrativo ni como un gasto público, sino como el sistema que integra patrimonio, conocimiento, creatividad, identidad e innovación. Allí se originan buena parte de los factores que hoy determinan la competitividad de las naciones: diferenciación, confianza, reputación, propiedad intelectual y capacidad para generar valor.

A esta capacidad de transformar patrimonio, conocimiento y creatividad en desarrollo económico, legitimidad institucional e influencia internacional la denomino Geopolítica de la Cultura.

No es una teoría sobre las artes. Es una forma de comprender el nuevo mapa del poder. Si la geopolítica clásica explicó la competencia por el territorio y los recursos naturales, la economía del siglo XXI incorpora otra dimensión: la competencia por la singularidad.

Colombia llega a este cambio con una ventaja excepcional. Su diversidad biológica y cultural, sus comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, sus artesanos, sus museos, sus archivos, sus bibliotecas, su arquitectura, su literatura, su música, su cine, su diseño y sus saberes ancestrales conforman un patrimonio cuya singularidad ningún competidor puede reproducir. En la economía del conocimiento, esa singularidad deja de ser únicamente memoria para convertirse en una ventaja estratégica.

De allí surge un principio para orientar la política pública del siglo XXI: conservar el futuro. Preservar innovando. Preservar innovando significa activar el patrimonio como infraestructura para la investigación, el diseño, la educación, la ciencia, las industrias creativas y el desarrollo territorial. La memoria no es un refugio frente al futuro; es una de las condiciones para construirlo.

La pregunta ya no es cuánto cuesta la cultura. La pregunta es cuánto desarrollo pierde un país cuando desconoce el valor estratégico de aquello que lo hace irrepetible.

Las naciones que liderarán el siglo XXI no serán únicamente las que acumulen más recursos naturales. Serán aquellas capaces de convertir su singularidad en conocimiento, el conocimiento en innovación y la innovación en desarrollo.

En el siglo XXI, la riqueza de las naciones ya no se medirá únicamente por lo que extraen de su territorio, sino por lo que son capaces de aportar al mundo desde aquello que las hace irrepetibles. Colombia ya posee ese activo. Reconocerlo como una estrategia de Estado será una de las decisiones que definirán su lugar en el mundo.

Columna de Lucrecia Piedrahíta (arquitecta/curadora) para Economía & Cultura del periódico El Tiempo.

 

martes, 19 de mayo de 2026

Rothko en Florencia

Lucrecia Piedrahíta
Lucrecia Piedrahíta

Cuando el color volvió a ser sagrado y la cultura volvió a producir ciudad.

En Florencia está ocurriendo uno de los acontecimientos curatoriales más importantes de los últimos años en Europa. Mark Rothko ha regresado simbólicamente a la ciudad que transformó la idea occidental de belleza, y Florencia entiende nuevamente que el arte contemporáneo no es una ruptura del Renacimiento, sino una de sus continuidades más profundas.

Impacto más allá del arte

La gran retrospectiva Rothko en Palazzo Strozzi, curada por Christopher Rothko y Elena Geuna, construye una tesis visual sobre el tiempo, el silencio y la espiritualidad del color. También confirma lo que Arturo Galansino ha logrado desde Palazzo Strozzi: convertir nuevamente a Firenze en un centro internacional para el arte contemporáneo.

En una ciudad donde el peso de Michelangelo, Leonardo da Vinci, Sandro Botticelli, Giotto y Fra Angelico parecía suficiente para clausurar cualquier conversación contemporánea, Palazzo Strozzi abrió un diálogo entre siglos. Las cifras revelan la magnitud de esa transformación. Hoy la institución opera con uno de los modelos culturales más dinámicos de Italia: cerca del 40 % de sus ingresos provienen de taquilla y aproximadamente el 45 % de patrocinio privado. Gracias a ello, Florencia ha vuelto a insertarse en el mapa global del arte contemporáneo con exposiciones de Ai Weiwei, Marina Abramović, Anish Kapoor y Helen Frankenthaler. Pero Rothko ocupa otro lugar dentro de esa historia reciente.

Porque Firenze comprendió algo decisivo para las ciudades culturales del siglo XXI: el patrimonio no sobrevive repitiéndose a sí mismo, sino entrando en conversación con el presente. El Renacimiento no puede convertirse en una reliquia inmóvil. Debe seguir produciendo pensamiento contemporáneo, turismo cultural sofisticado y economía simbólica.

Rothko en Firenze tampoco funciona como una exposición construida desde el espectáculo. Su radicalidad consiste justamente en lo contrario. En una época gobernada por pantallas, velocidad y fragmentación digital, esta exposición vuelve a convocar multitudes alrededor de algo profundamente improductivo: quedarse quietos mirando color.

El valor

Y precisamente allí reside parte de su enorme valor cultural y económico. La exposición demuestra que todavía existe una economía internacional de la contemplación; una economía construida no desde el consumo rápido de imágenes, sino desde la experiencia estética profunda. Tal vez allí resida el verdadero triunfo cultural de Florencia hoy: haber entendido que el arte contemporáneo no solo produce prestigio simbólico, sino también nuevas formas de atención humana.

Porque Rothko vuelve a Firenze como si siempre hubiera pertenecido allí. La exposición despliega más de setenta obras en una línea cronológica impecable que permite comprender el espectro total de su investigación pictórica: desde las obras figurativas de los años treinta hasta las grandes atmósferas cromáticas finales. La museografía tiene la inteligencia de no acelerar esa transición. El visitante avanza lentamente desde la figura hacia la desaparición de la figura; desde el relato hacia la vibración pura.

Uno comprende entonces que Rothko nunca abandonó realmente la figura humana. Simplemente desplazó la figura hacia el interior del espectador. Los campos de color comienzan a comportarse como arquitectura emocional. Los amarillos irradian expansión y respiración. Los verdes contienen gravedad terrestre y silencio. Los azules producen profundidad metafísica. Los rojos dejan de ser color para convertirse en umbral, memoria y eternidad.

Contraste

La museografía comprende perfectamente esta condición arquitectónica de Rothko. Las salas están construidas desde la penumbra para desacelerar el cuerpo y conducir al espectador hacia la contemplación. La abstracción aquí se convierte en atmósfera espiritual. Las pinturas respiran. Expanden el muro. Alteran la percepción del espacio. La exposición alcanza una dimensión aún más conmovedora cuando se despliega hacia el Museo di San Marco y la Biblioteca Medicea Laurenziana. Allí la curaduría se convierte en manifiesto. Porque lo que esta exposición propone es que el gran arte pertenece a una intensidad espiritual compartida.

Rothko visitó Firenze en 1950, profundamente impactado por los frescos luminosos de Fra Angelico y por la atmósfera devocional de San Marco. La exposición entiende la importancia de esa revelación y construye uno de los gestos curatoriales más sofisticados de todo el recorrido: pequeñas obras de Rothko, pertenecientes a distintos períodos y realizadas en técnicas diversas, dialogan directamente con los frescos de Fra Angelico. Las relaciones no son anecdóticas. Surgen desde afinidades de color, de materia y de impulso espiritual.

Y allí aparece quizás una de las lecciones más importantes de esta exposición: tanto el convento de San Marco como la Biblioteca Laurenziana enseñan a mirar las relaciones profundas entre el arte clásico y el arte contemporáneo. Enseñan que las verdaderas obras maestras no pertenecen a una época, sino a una intensidad de experiencia humana capaz de atravesar los siglos.

Entre Fra Angelico y Rothko existen quinientos años de distancia histórica. Pero frente a las obras esa distancia desaparece. Ambos entienden el color como revelación interior. Ambos construyen silencio. Ambos producen contemplación. Ambos crean espacios para el alma. En San Marco, los campos cromáticos de Rothko parecen absorber la respiración lenta de las celdas pintadas por Fra Angelico. Y en la Laurenziana ocurre algo todavía más poderoso: la arquitectura de Michelangelo comienza a funcionar como un cuerpo emocional capaz de contener la abstracción moderna y contemporánea.

Allí uno comprende algo esencial: Rothko también era arquitecto… de estados interiores.

Hace algunos años Christopher Rothko recordó que su padre quería que las personas lloraran frente a sus pinturas del mismo modo en que lloraban frente a la música. Y en Firenze esa frase adquiere una dimensión total. Mientras recorría las salas en penumbra pensé varias veces en Lascia ch’io pianga de George Frideric Handel:

Lascia ch’io pianga e che sospiri la libertà.”

Déjame llorar y suspirar por la libertad.”

Quizás eso sea finalmente Rothko. Una forma silenciosa de libertad interior. En Florencia, el color volvió a ser sagrado. Y esa arquitectura invisible construida por Rothko —hecha de penumbra y silencio, termina por abrirnos el corazón frente a nosotros mismos.

Economía & Cultura | Rothko en Florencia: cuando el color volvió a ser sagrado y la cultura volvió a producir ciudad

Columna de Lucrecia Piedrahíta (arquitecta/curadora) para el periódico El Tiempo.