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jueves, 13 de agosto de 2026

La hazaña de una silleta

Fredy Angarita

Al consultar los sinónimos de la palabra hazaña en el Diccionario de la Lengua Española aparecen términos como proeza, heroicidad, gesta, hito, logro, conquista, superación, triunfo, victoria, alcance, realización, valentía, audacia y aventura. Catorce palabras para intentar explicar algo que, algunas veces, resulta difícil de nombrar.

No sé cuánto utilizamos algunas de ellas en nuestra vida cotidiana. Tal vez hablamos de triunfo con más facilidad que de proeza. Decimos logro cuando queremos resumir años de trabajo, hablamos de victoria cuando alguien llega primero. Pero hay historias en las que una sola palabra parece quedarse corta.

Después de la Feria de las Flores de 2026, que este año celebró su edición número 69, me quedé pensando precisamente en la palabra hazaña.

El ganador absoluto del Desfile de Silleteros de este año fue John Jairo Grajales Gómez, padre de una compañera de trabajo y una persona que he tenido la fortuna de conocer.

Este texto es un homenaje porque lo que hizo no quiero contarlo solamente como una victoria. Quiero contarlo como una de esas historias en las que la palabra hazaña empieza a tener sentido.

Para entenderlo hay que regresar un poco en el tiempo.

Foto: Elizabeth Grajales, 2026

La historia de los silleteros se remonta a muchos años atrás, cuando campesinos e indígenas utilizaban estructuras de madera, conocidas como silletas, para transportar niños, familiares, víveres, encomiendas y, en algunos casos, personas que necesitaban ser trasladadas por motivos de salud. En Santa Elena, uno de los primeros registros relacionados con el uso de la silleta para transportar flores hacia Medellín corresponde a Braulio Ochoa, quien tenía una finca en la vereda El Llano y realizó esta actividad en 1925. Después aparecerían otros apellidos que terminarían ligados para siempre a esta tradición: Grajales, Soto, Jurado y muchos más.[1]

No son solamente apellidos. Son familias, son generaciones, son personas que aprendieron que una flor no comienza el día del desfile. Comienza muchos meses antes.

En el primer Desfile de Silleteros participaron entre 40 y 50 silleteros. Se realizó el 1 de mayo de 1957, desde entonces se ha mantenido y actualmente es uno de los símbolos culturales más reconocidos de Medellín.

Es una tradición que parece sencilla cuando uno la observa desde la calle, pero detrás de esa imagen existe algo que el espectador muchas veces no alcanza a ver. Tierra, semillas, lluvia, meses de espera y una cantidad de trabajo que no cabe en las pocas horas que dura el desfile.

Cuando hablo con John Jairo, esa parte invisible comienza a aparecer.

Lleva más de 40 años cultivando y aproximadamente 15 años dedicados al cultivo de flor tradicional. Ese amor por la tierra me cuenta, lo aprendió desde siempre, acompañando a su padre, quien también se dedicó a esta labor. Para él, la Feria de las Flores no termina cuando termina el desfile. En realidad, vuelve a comenzar.

Desde diciembre prepara nuevamente la tierra, hace semilleros y planea cada siembra. Lo que empieza tendrá que esperar aproximadamente ocho meses para convertirse en flores que puedan llegar a Medellín.

Es prácticamente un año de trabajo para unos cuantos días. Y ahí aparece una de las primeras cosas que hacen diferente esta historia.

John Jairo no siembra sabiendo exactamente cuándo tendrá la flor, la naturaleza no tiene calendario, una flor puede adelantarse, puede retrasarse, puede dañarse, puede no salir. También puede llegar demasiado pronto o demasiado tarde para el desfile. Y cuando eso ocurre, no existe un botón para reiniciar el proceso. Hay que volver a sembrar, volver a esperar, volver a confiar.

Quizá por eso una de las frases que más me llamó la atención cuando hablamos fue precisamente esa: sembrar sin tener la certeza de que la flor estará lista el día que se necesita.

Suena sencillo decirlo. Pero imaginemos hacerlo durante meses, cuidar una planta sin saber si llegará a tiempo, esperar, volver a esperar. Y después cargar sobre los hombros el resultado de todo ese trabajo.

John Jairo utilizó aproximadamente 80 variedades de flores en su silleta. ¡Ochenta! Detrás de cada una había una historia diferente, algunas necesitan aprender a convivir con el tiempo, como los gladiolos, tulipanes, azucenas, clavelinas y agapantos que requieren cuidados especiales para conseguir que estén en el punto adecuado.

Otras necesitan todavía más paciencia. El botón de oro, la rosa amarilla, la pomarrosa, el tul de novia, las pascuas y algunas clavellinas pueden tardar alrededor de siete meses en florecer. Siete meses, para que alguien pueda verla durante unos minutos.

Eso es lo que muchas veces no vemos cuando miramos una silleta. No vemos los siete meses, vemos la flor; no vemos la espera, vemos el color; no vemos la incertidumbre, vemos el resultado. Y quizá ahí comienza realmente la historia de la hazaña.

John Jairo ya había conseguido el título de Ganador Absoluto en 2017, en 2026 volvió a hacerlo. Dos años separados por casi una década, dos veces alcanzando el primer lugar, dos veces viendo cómo el trabajo de meses termina convertido en reconocimiento.

Según los registros disponibles, la distinción de Ganador Absoluto, que reúne a los mejores de las diferentes categorías, no se entregó de manera completamente uniforme durante todas las ediciones del desfile, su registro como galardón unificado se encuentra documentado de manera más sistemática en los años recientes.

En esos registros aparecen, entre otros, Juan Ernesto Ortiz Grajales, ganador en 2019 y 2024, y ahora John Jairo Grajales Gómez, ganador en 2017 y 2026.

Pero hay una diferencia entre conocer una estadística y conocer la historia que existe detrás de ella. Quiero decir que John Jairo ganó dos veces toma apenas una línea, contar lo que tuvo que hacer para conseguirlo necesita mucho más.

Su silleta de 2026 no fue una repetición de la de 2017. Esta vez quiso asumir otro reto. En 2017 había trabajado con ramilletes más pequeños y una selección diferente de flores, para 2026 decidió trabajar con ramos mucho más grandes, quiso que los colores vivos fueran protagonistas, que cada flor pudiera resaltar por sí misma, jugó con las texturas, con las formas, con los tamaños, buscó más movimiento, más volumen, más fuerza visual.

Y mientras me cuenta todo esto, comienzo a entender que la silleta no es solamente una composición de flores. También es una forma de contar quién es el silletero, es su manera de dialogar con la tierra, de mostrar lo que aprendió, de arriesgarse, de intentar algo diferente y, finalmente, de poner sobre sus hombros el resultado.

Quizá por eso me cuesta llamarlo simplemente ganador, un ganador es quien obtiene una victoria. Pero una hazaña necesita algo más. Necesita tiempo, necesita dificultad, necesita perseverancia, necesita la posibilidad real de no conseguirlo.

Y John Jairo tuvo todas esas cosas. Tuvo que esperar meses para saber si las flores estarían listas, tuvo que enfrentarse a un clima que no entiende de calendarios, tuvo que cuidar cerca de 80 variedades, tuvo que volver a intentarlo y tuvo que confiar nuevamente en la tierra. Cuando finalmente llegó el desfile, todo aquello que había comenzado muchos meses atrás apareció frente a Medellín convertido en una silleta. El público vio flores.

Yo, después de conocer un poco de la historia que había detrás, empecé a ver otra cosa. Vi al niño que acompañaba a su padre, vi los más de 40 años cultivando, vi las madrugadas, vi la tierra preparada desde diciembre, vi las flores que podían no llegar a tiempo, vi los siete meses de espera de algunas de ellas, vi las 80 variedades. Vi el 2017 y vi el 2026.

Tal vez una palabra no pueda cargar todo lo que significa. Quizá por eso necesitamos catorce sinónimos para intentar explicarla. Después de conocer la historia de John Jairo Grajales Gómez, creo que ninguna alcanza. Porque una hazaña no está solamente en el momento en que alguien gana. Está en todo lo que hizo cuando todavía nadie sabía si iba a ganar: en la tierra preparada con meses de anticipación, en la semilla que todavía no era flor, en la flor que podía no llegar, en la espera, en la incertidumbre del clima, en las manos que cultivan, en el padre que enseñó y en las generaciones que mantienen un apellido unido a una tradición.

Por eso, aquella silleta que a primera vista parece cargada solamente de flores, en realidad lleva mucho más. Lleva diciembre y la tierra preparada, las semillas, los meses de espera, las cerca de 80 variedades, las manos que cultivaron cada una de ellas y los más de 40 años que John Jairo lleva aprendiendo de la tierra. Lleva también la memoria de su padre, la historia de varias generaciones de silleteros y una tradición que, cada año, vuelve a ponerse sobre los hombros de alguien.

Y este año carga algo más.

Por segunda vez, después de 2017, sobre los hombros de John Jairo Grajales Gómez se vuelve a posar una palabra que parece demasiado pequeña para contar todo lo que hay detrás: hazaña.

Muchas felicitaciones, don John Jairo. Que sigan las flores. Y, sobre todo, que

sigan las hazañas.

jueves, 11 de junio de 2026

La terquedad de creer que esta vez sí

Fredy Angarita
Fredy Angarita

En este momento es difícil no hablar de la situación del país y de la campaña electoral que estamos viviendo. Estamos divididos, juzgándonos unos a otros. Desde que me interesan los procesos democráticos, no recuerdo haber visto uno como el actual.

Crecí con la idea de que los políticos colombianos parecían haber aprendido una vieja lección de los romanos: "Pan y circo para el pueblo" (panem et circenses).

Quizá por eso siempre me llamó la atención una coincidencia recurrente. Cuando el país debía tomar decisiones importantes en el ámbito político, muchas veces estas parecían coincidir con los Juegos Olímpicos o Mundiales de Fútbol. Durante años, eso alimentó el mito de que el entretenimiento servía para distraer a los ciudadanos de los asuntos verdaderamente importantes.

Hoy lo llamo mito porque no creo que la FIFA piense en la distracción de los colombianos cuando organiza un mundial. Sin embargo, la coincidencia existe y vale la pena recordarla.

Año

Presidente electo

1958

Alberto Lleras Camargo

1962

Guillermo León Valencia

1966

Carlos Lleras Restrepo

1970

Misael Pastrana Borrero

1974

Alfonso López Michelsen

1978

Julio César Turbay Ayala

1982

Belisario Betancur Cuartas

1986

Virgilio Barco Vargas

1990

César Gaviria Trujillo

1994

Ernesto Samper Pizano

1998

Andrés Pastrana Arango

2002

Álvaro Uribe Vélez

2006

Álvaro Uribe Vélez

2010

Juan Manuel Santos Calderón

2014

Juan Manuel Santos Calderón

2018

Iván Duque Márquez

2022

Gustavo Petro Urrego

2026

?

En total, diecisiete elecciones presidenciales colombianas han coincidido con años mundialistas, desde 1958 hasta 2026.

Desde 1994 hasta 2018, las segundas vueltas presidenciales se realizaron prácticamente al mismo tiempo que la fase de grupos o los primeros cruces de los mundiales. En 2026 vuelve a ocurrir: la eventual segunda vuelta presidencial se celebrará el 21 de junio, en pleno mundial.

Si se observan las campañas presidenciales que coincidieron con los mundiales, aparece una especie de evolución simbólica:

• Entre 1958 y 1986 se votaba principalmente por el partido.

• Entre 1990 y 2002 se votaba contra el miedo.

• Entre 2006 y 2018 se votaba por la imagen del líder.

• Entre 2022 y 2026 se vota por relatos, emociones y algoritmos.

Después de hacer este pequeño recorrido, me doy cuenta de que la campaña actual es una de las más desgastantes a nivel social. No solo por las propuestas o los candidatos, sino por los relatos que construye, las emociones que despierta y los algoritmos que amplifican cada discusión.

Todos nos estamos dividiendo. Al fin y al cabo, es algo que nosotros mismos hemos construido.

Mientras tanto, el país sigue mirando dos pantallas: una donde rueda un balón y otra donde se disputa el poder. En ambas se promete la victoria. En ambas se alimenta la esperanza colectiva. Y en ambas, cada cuatro años, millones de colombianos terminan preguntándose si esta vez sí cambiará el resultado.

Entonces recuerdo una frase de José Eustasio Rivera en La Vorágine:

"¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?"

A veces pienso que esa pregunta sigue vigente.

Porque en Colombia, cada cuatro años, se cruzan dos rituales colectivos capaces de movilizar emociones masivas: la esperanza política y la pasión futbolera. Mientras unos votan por el futuro del país, otros miran una pantalla esperando un gol.

Tal vez el verdadero punto de encuentro entre las elecciones y los mundiales no sea el calendario.

Es la esperanza, esa terquedad tan colombiana de creer que el próximo gobierno sí resolverá lo que los anteriores no pudieron. La misma que nos hace pensar que el próximo partido sí terminará en celebración. Y aunque la historia nos obligue a ser prudentes, cada cuatro años volvemos a intentarlo. Quizá porque un país también se construye con sus esperanzas. Incluso con aquellas que nunca llegan a cumplirse.