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lunes, 22 de agosto de 2022

¿Muerte o transición a otra vida?

Por: Luis Alfonso García Carmona*

En general, los seres humanos evitamos, consciente o inconscientemente, reflexionar sobre el tema de la muerte. Y ello es explicable por tres razones fundamentales: a) tenemos temor a lo desconocido; b) asociamos la muerte al dolor que acarrea una enfermedad o un trauma letal; c) la separación física de los seres queridos y del entorno que nos brinda alguna tranquilidad nos atemoriza.

No obstante lo anterior, valdría la pena cuestionarnos sobre el verdadero significado de lo que conocemos como “muerte”.

Para las civilizaciones antiguas más desarrolladas la muerte física del cuerpo no significa la desaparición de la persona humana en su esencia. Los antiguos egipcios denominaron como “Libro de la salida al día” o “Libro de la emergencia a la luz” al Libro de los muertos, que es una recopilación de textos funerarios escritos a partir del III milenio a. C.

Consideraron que la esencia de la identidad continúa después de la muerte y elaboraron complejos procedimientos para garantizar un normal tránsito a la vida en el más allá.

Similares conceptos se recogen en las culturas hindú, tibetana, china y en las de otras latitudes que sería prolijo enumerar.

En el mundo moderno, convertido en una aldea global gracias a las comunicaciones virtuales, se conocen centenares de miles de “experiencias cercanas a la muerte”, es decir manifestaciones de lo ocurrido a personas que han presentado síntomas de muerte clínica y luego han regresado a la normalidad.

Curiosamente, del análisis de esa multitud de vivencias se deducen unos cuantos factores comunes, tales como el tránsito por un túnel con una luz intensa al final; el encuentro con seres queridos fallecidos anteriormente; la sensación de paz, amor y alegría; y, el rápido repaso de su experiencia en la tierra. Nada de ello es explicable por el método científico y, en consecuencia, la ciencia se ha limitado a calificar tales eventos como simples alucinaciones.

Pero también los científicos, a partir de las conclusiones de Einstein y otros destacados investigadores, han construido toda una teoría a partir de la física cuántica que explica que el universo está compuesto de energía y que esta comprende tanto la materia como el espíritu. Cuando la materia se extingue, la energía espiritual permanece en otra dimensión diferente a la terrenal.

Tres experiencias personales avalan lo que aquí queremos compartir:

En la televisión colombiana, hace muchos años presencié un programa en el que se entrevistaron varias personas que dieron fe de sus experiencias después de haber muerto clínicamente. Una de ellas era una dama, hija del conocido político huilense Felio Andrade Manrique.

Gracias a mis lecturas de la obra del psicólogo Brian Weiss puse en práctica un ejercicio de regresión que me trasportó a la Edad Media.

Asistí a una sesión colectiva de sanación a través de procedimientos de regresión practicados por el experto antioqueño Aurelio Mejía, con asombrosos resultados no explicables desde la perspectiva científica.

En momentos de desesperanza e incertidumbre como los que atravesamos, reflexionar sobre estas realidades contribuye a reconocer que más allá de esta vida temporal nos espera una eternidad donde podemos hallar la paz, el amor y el encuentro con el Supremo Hacedor que todo lo puede.

lugarmed@une.net.co

viernes, 10 de julio de 2020

El infierno está aquí

José Leonardo Rincón, S. J.* 

José Leonardo Rincón Contreras

No sé si ustedes tengan la misma sensación que yo experimento a ratos, cada vez con más frecuencia, y es la de tener sentimientos encontrados cuando se otea el panorama global, porque simultáneamente afloran la admiración por lo que el ser humano es capaz de realizar con su ingenio y creatividad para evolucionar y conquistar metas otrora apenas soñadas, y paralelamente, la dolorosa decepción de cómo esos mismos, ingenio y creatividad, se ponen al servicio de los más bajos instintos y de las acciones más crueles y aberrantes.

Esa constatación no es nueva y al evidenciarla no estoy declarando oficialmente el descubrimiento del agua tibia. La Sagrada Escritura, filósofos y teólogos, literatos y artistas, a lo largo del devenir humano, lo corroboran. Como decía el finado Gabo, a propósito de este Macondo colombiano, en su proclama “Por un país al alcance de los niños”, dos párrafos colosales que me permito transcribir por considerarlos tan sabios, como oportunos. Tan actuales, como pertinentes:

“Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad. Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los creamos. Somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos, y trabajadores encarnizados, pero nos enloquece la sola idea del dinero fácil. Tenemos en el mismo corazón la misma cantidad de rencor político y de olvido histórico. Un éxito resonante o una derrota deportiva pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo. Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión., el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terribles lo pierde una debilidad sentimental. De otro modo: al colombiano sin corazón lo pierde el corazón”.

“Pues somos dos países a la vez: uno en el papel y otro en la realidad. Aunque somos precursores de las ciencias en América, seguimos viendo a los científicos en su estado medieval de brujos herméticos, cuando ya quedan muy pocas cosas en la vida diaria que no sean un milagro de la ciencia. En cada uno de nosotros cohabitan, de la manera más arbitraria, la justicia y la impunidad; somos fanáticos del legalismo, pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o para violarlas sin castigo. Amamos a los perros, tapizamos de rosas el mundo, morimos de amor por la patria, pero ignoramos la desaparición de seis especies animales cada hora del día y de la noche por la devastación criminal de los bosques tropicales, y nosotros mismos hemos destruido sin remedio uno de los grandes ríos del planeta. Nos indigna la mala imagen del país en el exterior, pero no nos atrevemos a admitir que muchas veces la realidad es peor. Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales. No porque unos seamos buenos y otros malos, sino porque todos participamos de ambos extremos. Llegado el caso --y Dios nos libre-- todos somos capaces de todo”.

Solo como colofón y por si alguno todavía de modo escéptico no lo cree, pero cuando explota un camión cisterna de gasolina y mata 12 y deja heridos 40 y hay gente que se ríe desde su acomodada posición citadina y hace chistes del dolor ajeno porque juzga merecido el castigo a su acto vandálico, olvida que su rabo de paja está fumando sobre un barril de pólvora y que otra tragedia le sobrevendrá, quemándolo y matándolo. O los que deliberadamente ignoran el genocidio permanente de líderes sociales. O los que defienden a los soldados violadores. O los que roban millones que eran para los pobres en la pandemia. O los corruptos descarados que saquean las arcas del Estado. Todos esos demonios nos confirman: el infierno está aquí y sus llamas, de muy diversa especie, nos consumen. Pudiendo estar en el cielo, hemos preferido el infierno.