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viernes, 26 de enero de 2024

Gente mala, gente buena

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

El relacionamiento cotidiano directo e indirecto con las personas a lo largo de mi vida ha puesto en evidencia la realidad de nuestra naturaleza humana, con sus luces y sus sombras, los valores más bellos y los actos más ruines, a punto de que en los resultados finales del balance general de nuestras existencias se encuentran unos contrastes sorprendentes, unas paradojas desconcertantes, en gran e inmediata simultaneidad.

La reflexión se me suscitó a propósito de la forma como se juzgan esos comportamientos humanos: lo que pasa en Gaza, el pontificado de Francisco, la muerte de la senadora Piedad Cordoba, el Gobierno actual…, por tan solo mencionar una pequeña muestra. Basta con navegar un rato en las redes sociales y leer lo que la gente expresa: amores infinitos y odios viscerales. Cada uno habla de cómo le va en la feria y saca a relucir su profunda carga emocional, mostrando también su propia realidad.

Y es que el actuar humano genera a un mismo tiempo filias y fobias. Que Bukele en El Salvador imponga mano dura en medio del caos delincuencial que reinaba en su país, algunos lo ven como redentor y otros como fascismo puro.

Que Francisco se muestre comprensivo frente a las uniones homosexuales, unos lo ven como la decisión que desde hace tiempo se estaba esperando y otros como el fin de la moral católica. Y entre las posturas extremas un colorido variopinto de matices y tonos, en una pluralidad y diversidad asombrosa.

De modo que querer ser “monedita de oro” para todos, quererle caer bien a todos, querer darles gusto a todos, es poco menos que imposible, ya nos movamos en esferas públicas o en ámbitos privados. Las acciones humanas más buenamente intencionadas pueden tener su punto débil y las juzgadas como malas pueden tener buenas intenciones.

Así las cosas, ¿podría existir alguien intrínsecamente malo?, ¿podría haber alguien esencial y químicamente bueno? No creo. Como el círculo sinuoso del yin y el yan: el lado blanco tiene su punto negro, y el lado negro tiene su punto blanco. Los Santos no fueron esencialmente perfectos y conocimos algunos que efectivamente pudieron equivocarse. Y los catalogados monstruos como un Hitler o un Pablo Escobar, tenían su lado amable según nos cuentan quienes los conocieron.

Entonces, juzgamos desde nuestras propias perspectivas y con nuestro particular rasero. Hay aproximaciones bastante objetivas, pero siempre hay un margen de error. El único perfecto es Dios y es el único que conoce a fondo el corazón del ser humano, todos los demás nos movemos en la posibilidad de equivocarnos queriendo hacer cosas buenas, así como le decía San Pablo a los Romanos: “hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que quiero”. Concluyendo: Hay gente buena, hay gente mala. Así somos todos, como tú, como yo. Mas la idea y el propósito es hacer siempre el bien. Eso no se duda. Otros harán sus juicios y al juicio final de Dios nos acogemos.

viernes, 2 de octubre de 2020

Bondad, alegría, calidad

José Leonardo Rincón Contreras

Por José Leonardo Rincón, S. J.* 

Es cierto. Por las redes sociales circula mucha basura, pero también es cierto que se encuentra uno con contenidos extraordinarios. En alguna de ellas me encontré un conferencista a quien alguien del público le pregunta: ¿qué consejos le darías a un padre para que eduque bien a sus hijos? Y el hombre, más que consejos, ofrece algunas luces: que sean buenos seres humanos, que sean alegres, que hagan las cosas bien. Podría uno juzgarlo como demasiado básico puesto que faltarían en el equipamento otras virtudes, pero en un contexto donde ya una ética de mínimos sería ganancia, si se lograran estas tres, no sería poco.

Con no poca razón decía el filósofo que el hombre nace bueno, pero la sociedad lo corrompe. Entonces, incentivar a las nuevas generaciones para que sean buenos seres humanos, buenas personas, es todo un reto. ¿Cómo preservarse bueno cuando el entorno está tan contaminado? Porque uno ve ingenieros y arquitectos que por ahorrarse costos dejan caer edificios y puentes. Gobernantes que mienten y engañan. Multimillonarios ricos evasores de impuestos. Gente con poder y títulos, que no solo son malos profesionales sino, también, malos seres humanos.

Y en ese valle de lágrimas, plagado de dolores y sufrimientos, pobrezas y carencias, amarguras y resentimientos, odios y violencias, pareciera un contrasentido sonreír, estar alegres, cuando todo da para estar con caras largas, desencajadas y lúgubres. La alegría se convierte en bálsamo. No forzada ni fingida, no. La auténtica alegría, esa que brota desde el fondo del corazón y nos abre al optimismo y la esperanza cuando más lo necesitamos. Es lo que Dominique Lapierre logra plasmar en La ciudad de la alegría, su libro más reconocido. Cómo estar alegres y ser felices en medio de la pobreza de Calcuta. O la sonora carcajada que logró sacarme un mendigo en un semáforo cuando me dice con fino humor que, si no tengo monedas, me recibe billetes, cheque o tarjeta de crédito. O es esa alegría resiliente de nuestra cultura que se expresa con un apunte jocoso o un chiste que nos sacude las tristezas del alma. Nada más reconfortante y saludable que una alegría gratuita, libre y desinteresada.

Finalmente, en un medio que busca invertir poco y ganar mucho, esforzarse mínimamente y obtener con facilidad las cosas, despachar rápido los asuntos sin prestarles la atención debida, producir en serie y masivamente… es ahí donde cobra importancia hacer las cosas bien, responsablemente y con calidad. Claro, las obras de arte no se producen mecánicamente, nos lo testimonia el Creador con cada nuevo ser humano que nace, genuino, único, irrepetible, distinto. “Y al verlo, vio que estaba bien hecho”, narra el Génesis. Así. Así deberíamos hacer todo, con gusto, bien hecho, con control de calidad, no mal, ni mediocremente.

Se nos fue Quino esta semana, un ser humano sensible, profundo, hombre bueno, que nos proporcionó a través de sus caricaturas una alegría inmensa. Un artista que hizo bien su trabajo porque nos puso a pensar cuando nos hacía reír. Su vida, como anillo al dedo, ejemplo perfecto de lo que hablamos hoy. Bondad, alegría, calidad. Luego, ¡sí es posible!