Luis Guillermo Echeverri Vélez
Está
el globo entero confundido entre la realidad física y la virtual; ambas
manipuladas por estrategias comunicacionales, polarización extrema, algoritmos
y código maligno, terrorismo y una incontenible borrachera de poder.
Mientras
la globalización avanza como proceso objetivo y práctico de interconexión en
función de la profundización del conocimiento, el poder local que circunscribe
siempre la política y el terrorismo se nutren de las formas “progresistas”
antagónicas y contradictorias que genera la anticultura globalista.
Cada
día en todo el mundo se hace más sutil y compleja la diferenciación entre la
importancia de la firmeza en el ejercicio del poder público institucional
soportado en la legalidad y el deber ser y los aportes privados versus los
abusos éticos y jurídicos por parte de quienes tienen la responsabilidad de
velar por una debida gobernanza.
En
la vida las cosas no deben hacerse a las patadas, porque la propia vida termina
devolviendo la patada. Para eso hay normas que regulan la coercibilidad del
Derecho y determinan cómo hacer cumplir la ley con igualdad, firmeza y
autoridad, sin necesidad de hacer alarde de ello ni convertir el cumplimiento
del deber en espectáculo.
El
poder es una fuerza altamente adictiva que crea dependencia, distorsiona el
sentido común y condiciona el entendimiento a la sensación de estar trepado en
el Olimpo. Su ejercicio termina fácilmente en el despropósito del autoritarismo
tan propio de los extremismos ideológicos que ignoran el deber de mantener el
orden legal bajo formas que generen respeto y credibilidad entre los
representados. Todo exceso de poder desborda los límites de las virtudes
cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, y resulta en opresión
haciendo sentir omnipotentes e infalibles a quienes no lo saben ejercer con
humildad y consideración.
Y
sin duda vive el planeta bajo el asecho constante del terrorismo. Especialmente
el de las organizaciones criminales globales y locales, que sin duda alguna
tienen que ser combatidas por quienes ostentan el poder Estatal, pero sin caer
en el error de ejercer terrorismo de Estado, algo a lo cual apelan con
frecuencia los autoritarismos extremos e ideologizados y las ambiciones
desmedidas de individuos, sus camarillas en el poder público y privado, los
conglomerados tecnológicos con acceso a la manipulación de los mercados, y
algunos “billonarios” y autócratas endiosados. Todos incapaces de anteponer el
interés general a sus propios intereses individuales.
Ni
los sistemas democráticos ni las economías libres pueden funcionar bajo la
presión que ejerce el terrorismo, que tiene que ser rechazado de plano. Con el
terrorismo no puede negociarse nada, pues la violencia asimétrica ejerce
siempre su dominancia sobre una nación, su sociedad y sus instituciones
públicas, mixtas o privadas. El valor de las democracias lo destruye el terror
que imprime la criminalidad, provenga este de la generación de violencia
ideológica, religiosa, mediática o económica, se ejerza por medio de
organizaciones criminales delictivas, por medios propagandísticos, por el
cibercrimen digital o por abuso político que genere terrorismo de Estado.
Todas
las formas de terrorismo crean daños a la individualidad humana, a la familia,
a la convivencia, a la economía y la salud física y mental de la sociedad, y
generan grave alteración del orden político, económico y la convivencia
mundial.
Es
característica del “progresismo” socialista del Siglo XXI la impunidad frente
al terrorismo político, religioso o económico, el irrespeto de los gobernantes
a la dignidad del ser humano, al intelecto de los ciudadanos y en particular al
mandato que asumen; por ello, ninguna forma autoritaria debe transgredir las
jerarquías organizacionales que soportan la razón de ser de los pactos sociales
ni del espíritu asociativo, sea mixto, público o privado.
Está
la civilización abocada a abordar cambios que pasan de lo dogmático a la
plenitud del conocimiento y el entendimiento de la naturaleza, y hay que
hacerlo sin perder los parámetros éticos que soportan la esencial importancia
del debido respeto a la institucionalidad privada por parte de sus propios
directivos, y de los “servidores públicos”.
Todo
el que tenga un encargo de gobernanza pública, institucional o privada, debe
entender la diferencia entre lo legal y lo ilegal, lo ético y lo incorrecto, la
libertad y el libertinaje, y respetar toda la institucionalidad social
asociativa que en paralelo a las formas de las estructuras públicas
republicanas, constitucionales y democráticas, representan la mejor forma de
convivencia conocida.
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