Mostrando las entradas con la etiqueta dar papaya. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta dar papaya. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de julio de 2026

Nadie sospechó del hombre de la camisa planchada

Fredy Angarita

El miedo también tiene prejuicios

Antes los ladrones se hacían famosos por vestir bien. Hoy siguen vistiendo bien, pero nosotros seguimos buscando al sospechoso donde casi nunca está.

Son las cinco de la mañana. El bus baja lleno por la Avenida Oriental. Un hombre con la camisa bien planchada revisa su celular. Una mujer lee un mensaje antes de llegar a la oficina. Alguien bosteza camino al trabajo, nadie sospecha de nadie. El único pasajero que recibe miradas es el hombre que duerme en la última silla.

Lo curioso es que la historia lleva décadas diciéndonos otra cosa, la escena no es nueva. Medellín ya conoció hombres que entendieron que la elegancia también podía ser un arma. Ramón Cachaco (Ramón Antonio Aristizábal Ramírez), vestía con traje y sombrero. Antonio Medina, "Toñilas" era lector, piloto y conquistador. Ninguno se parecía al ladrón que imaginamos cuando pensamos en un delincuente.

No se trata de volverlos héroes, pero como ellos, hubo otros delincuentes que terminaron convertidos en personajes de la memoria popular.

Se trata de entender una lección que ellos aprendieron hace mucho tiempo. Los grandes ladrones del siglo pasado descubrieron que el mejor disfraz era parecer una persona respetable. La corbata abría más puertas que la pistola.

Hoy el método ha cambiado muy poco, los nuevos delincuentes también madrugan, también toman el bus, también esperan. Ya no necesariamente buscan bancos, buscan un celular distraído, un reloj costoso, un bolso abierto o una billetera mal guardada.

Esperan a quien "da papaya", una expresión que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en una forma de repartir la culpa entre la víctima y el delincuente. Decir que alguien "dio papaya" es aceptar, aunque sea de manera inconsciente, que el problema no es solamente quien roba, sino también quien confía.

"A papaya puesta, papaya partida”, "El vivo vive del bobo, y el bobo de papá y mamá"

Durante años escuché esas frases como si hicieran parte del paisaje paisa, como si fueran una expresión más de esa famosa pujanza antioqueña de la que tanto nos sentimos orgullosos, hoy confieso que me cansaron.

Medellín aprendió a mirar hacia abajo, sospechamos del hombre que duerme bajo un puente, del reciclador, del vendedor ambulante o del muchacho que camina con la ropa rota.

Mientras tanto, muchos de quienes delinquen han entendido que la mejor manera de pasar desapercibidos consiste en parecer exactamente iguales a cualquiera de nosotros.

El habitante de calle se volvió visible para nuestro miedo, pero invisible para nuestra compasión. Quizá el problema nunca fue aprender a identificar a un ladrón.

El problema fue creer que la pobreza tenía rostro de delito y que la buena apariencia tenía rostro de honestidad. Mientras seguimos mirando con desconfianza al hombre que duerme en un andén, quien busca la oportunidad para robar quizá ya pagó el pasaje, marcó la tarjeta en la oficina o nos dio los buenos días.

Las apariencias siempre han sido el mejor escondite del delito, la historia de Medellín no nos enseñó que los ladrones se vestían mal. nos enseñó que muchos de ellos entendieron que el mejor camuflaje era parecer ciudadanos ejemplares.

Nos enseñaron a no dar papaya, muy pocos nos enseñaron a no partirla.

viernes, 18 de febrero de 2022

Dar papaya

José Leonardo Rincón Contreras

Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Con mucha gracia nuestra gente ha aumentado a 12 los mandamientos: el undécimo, no dar papaya. Y el duodécimo: no desperdiciar papaya. Y su colofón es: A papaya servida, papaya partida, papaya comida.

Un papayaso o dar papaya es un colombianismo que en realidad alude a una metida de pata o equivocación que da ocasión o da razón a otro para aprovecharse de esa fragilidad y obtener alguna ventaja.

Hay papayasos muy simpáticos que se prestan para una buena tomadura de pelo: son papayasos jocosos que nos hacen reír a carcajadas. Pero hay también papayasos infelices que a veces tienen un final desafortunado.

Los primeros se disfrutan en el círculo de amigos y conocidos. De los otros, de pronto uno los ve cuando va por la calle y estupefacto observa el sinnúmero de personas ingenuas que deambulan por ahí. Lo más triste es que estos personajes no acaban de aterrizar en nuestro planeta: parecieran marcianos recién desembarcados.

Por ejemplo, no entiendo al pelao que va con su celular de marca costosa charlando desprevenidamente por el andén, como si nada… ¿cuántas personas han matado por robarse uno de estos aparatos? Si se chicanea de esta manera, ¿por qué lamentarse luego? Le pasa igual al que exhibe joyas o prendas costosas en el lugar equivocado.

Me cuesta entender la joven adolescente que con su gran escote y corta falda se pavonea provocativa y provocadora alborotando hombres por doquier y después se queja de las miradas morbosas, acoso sexual y tocamientos.

Con rabia observo a ciertos peatones literalmente lanzándose a los autos en marcha con actitud retadora y como diciéndoles “atropélleme si quiere”. Luego, mueren arrollados por su imprudencia que no siempre les sale exitosa y resultan embalando al conductor que no tuvo la pericia para esquivar su atrevimiento. Esto pasa con ciclistas y motociclistas que serpentean por andenes y calles con riesgosa osadía, jugando con la que pareciera su aburrida vida.

Pasa también con aquellos que, por comodidad, o por la pereza de pagar un parqueadero dejan el carro en la calle y después impotentes lloran porque se lo robaron, los desvalijaron o le robaron una parte importante del vehículo.

Todos dieron papaya y hubo terceros que intencional o accidentalmente se aprovecharon de la ocasión. Objetivamente fueron situaciones que pudieron haberse obviado, problemas esquivados, dolores de cabeza evitados. Pero a nuestra gente le gusta las emociones fuertes, la acción intrépida y la aventura riesgosa. Hay que subir la adrenalina y dar papaya es insustituible. Habrá otros muy felices a la caza de los papayasos que les damos. Después no nos quejemos.