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miércoles, 1 de julio de 2026

¡532 años nunca han lucido tan bien!

Fredy Angarita


La historia cuenta que Cristóbal Colón solo pasó unos días en Puerto Rico para abastecerse y continuar su viaje hacia Fuerte Navidad, en Haití, considerado el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo. Fue el 19 de noviembre de 1493, durante su segundo viaje. Desembarcó en la costa occidental de la isla, cerca de la actual Aguada o Aguadilla, y la bautizó como San Juan Bautista.

Su verdadero colonizador fue Juan Ponce de León, quien llegó en 1508 y se convirtió en el primer gobernador de la isla. Eso es lo que cuentan los libros.

Como a mí siempre me han gustado los mitos urbanos, prefiero detenerme en otro relato.

Dicen que Juan Ponce de León llegó buscando la fuente de la eterna juventud; la historia nunca pudo demostrarlo del todo, pero el mito tomó fuerza después de su muerte y fue alimentado por los relatos del cronista Hernando de Escalante Fontaneda.

Comparto esta pequeña introducción porque este año se cumplen 533 años del descubrimiento de Puerto Rico.

No sé si Juan Ponce de León encontró la fuente de la eterna juventud, lo que sí me quedó claro es que Puerto Rico parece vivir dentro de ella.

Aunque a su capital la llamen el "Viejo" San Juan, de vieja tiene muy poco. Basta recorrer sus calles para entenderlo. Sus murallas parecen desafiar el tiempo; el Castillo San Cristóbal continúa vigilando el Atlántico; la Calle del Cristo sigue conservando su encanto; y la Iglesia de San José, una de las más antiguas de América, construida en 1532, permanece como testigo silencioso de más de cinco siglos de historia.

Mientras caminaba por sus calles pensé que, si hoy Juan Ponce de León regresara, probablemente sonreiría.

Y diría:

—Sí, encontré la fuente de la eterna juventud.

Hay ciudades que envejecen con los años, y hay otras, como Puerto Rico, que aprendieron a rejuvenecer con la memoria.

Hermoso lugar.



jueves, 25 de junio de 2026

Los hombres que no terminaron de irse

Fredy Angarita
Fredy Angarita

“Más allá del mar”

La historia nos enseña que los cementerios comenzaron a trasladarse a las afueras de los pueblos para evitar enfermedades y problemas de salud pública. Esto no ocurrió únicamente en Medellín. También sucedió con el Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis, en el Viejo San Juan, Puerto Rico.

Mientras investigaba sobre este lugar, encontré una definición que me gustó más que cualquier dato histórico. La dio Rafael Rodríguez, capellán y director de Servicios Pastorales de la Universidad del Sagrado Corazón de Santurce:

"La localización del cementerio muestra la creencia en Puerto Rico en la separación entre la vida y la muerte. El Gobierno de España decidió construir el cementerio fuera de las murallas y de cara al Océano Atlántico para simbolizar el viaje del espíritu al cruzar al más allá."

Al ingresar a este lugar se entiende perfectamente lo que quiso decir.

El blanco domina el paisaje. Pero no es el blanco de las nubes. Es el blanco del mármol con el que fueron construidos los mausoleos. Al fondo aparece un horizonte donde el azul del mar se encuentra con el cielo. La mayoría de las tumbas parecen mirar hacia ese infinito.

Si la idea del más allá pudiera contemplarse todos los días, probablemente se vería así.

Es un lugar encantador. Mágico.

Llegué allí para rendir un pequeño homenaje a mi cantante favorito, un gusto heredado de mi padre: Daniel Santos. También quería visitar a uno de los hombres que más he admirado por su manera de escribir: Catalino Curet Alonso, más conocido como "Tite" Curet Alonso.

Pensé que difícilmente podrían haber encontrado un mejor lugar para descansar.

Mientras observaba sus tumbas, tuve la sensación de que seguían mirando el horizonte. Como si todavía estuvieran atentos a algo que nosotros no alcanzamos a comprender. Los sentí eternos. Por momentos, incluso, me pareció escucharlos.

Frente a la tumba de Daniel Santos comenzaron a aparecer en mi memoria muchas de las canciones que han acompañado distintas etapas de mi vida: “Fichas negras”, “Toma jabón pa que lave”, “Despedida”, “Perdón”, “Obsesión”, “El sofá”, y, por supuesto, “En el juego de la vida”.

Con Tite Curet Alonso ocurre algo parecido. Existen mitos que afirman que compuso más de dos mil canciones. Sus biógrafos y coleccionistas consideran que fueron menos, aunque igualmente superó el millar de composiciones.

Más allá de la cifra exacta, pocas personas han dejado una huella tan profunda en la historia de la salsa.

Tal vez su nombre no sea tan conocido para todos. Pero basta mencionar algunas de sus obras para comprender la dimensión de su legado: “Periódico de ayer” (Héctor Lavoe), “Anacaona” (Cheo Feliciano), “Plantación adentro” (Willie Colón y Rubén Blades), “La cura” (Frankie Ruiz), “Juan Albañil” (Cheo Feliciano), “Temes” (Vitín Avilés), “Las caras lindas” (Ismael Rivera) y “Juanito Alimaña” (Héctor Lavoe).

Cuando salí del cementerio, Daniel Santos y Tite Curet seguían mirando el horizonte. Yo, en cambio, me fui pensando en algo distinto.

Hay hombres que heredan fortunas, hay hombres que heredan apellidos y hay otros que heredan canciones. Mi padre me dejó a Daniel Santos, Tite Curet me dejó palabras.

Ambos me enseñaron que algunas voces envejecen, algunos cuerpos desaparecen y algunos cementerios se llenan de silencio. Pero una buena canción siempre encuentra la manera de seguir respirando.

Gracias, maestros.

Por semejante repertorio.