Mostrando las entradas con la etiqueta Centro de Medellín. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Centro de Medellín. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de septiembre de 2026

El parque que aprendió a llamarse Periodista

Fredy Angarita

Mientras uno recuerda, otros están construyendo.

Desde que bajé por primera vez al centro para comenzar mi primer trabajo, conocí –o mejor dicho, vi– lo que entonces muchos llamaban el Parque del Periodista.

Había iniciado labores en La Fundación Médico Preventiva que había comprado su sede en La Playa. Por esos días, comencé a recorrer unas calles que todavía no sabía qué tan importante iban a hacer para mi vida.

En aquella época, cuando alguien hablaba del Parque del Periodista, casi siempre lo relacionaba con la rumba nocturna de Medellín. Era territorio de metaleros, punkeros, músicos, estudiantes y personajes que parecían pertenecer a una ciudad diferente a la que funcionaba durante el día. Tenía mala fama.

Se hablaba de violencia, de peleas, de alcohol y de todo aquello que suele acompañar los lugares donde la noche parece tener sus propias reglas. Durante los años que trabajé entre las sedes de La Playa, Perú y Caracas, muchas de mis noches terminaron allí.

Entonces todavía no sabía por qué se llamaba Parque del Periodista, mucho menos sabía que también le decían El Guanábano. Ese nombre lo entendí después, cuando descubrí que venía de un árbol y, posteriormente, de un bar que terminaría siendo parte fundamental de la historia reciente del lugar.

Hoy, varios años después y luego de algunos tragos compartidos en el parque, compartiendo con muy buenas personas, quise regresar a su historia. No solamente a la que yo conocí, buscando la que estaba allí mucho antes de que yo llegara.

Para quienes no viven en Medellín, el Parque del Periodista está en el centro de la ciudad, en la comuna 10, La Candelaria. Se encuentra sobre la carrera 43, Girardot, entre las calles 53, Maracaibo, y 54, Caracas.

Después de leer, consultar y preguntar a varias personas, me encontré con una historia mucho más interesante que la que yo conocía.

Antes del parque

Una fuente histórica[1] que registró la transformación urbana del centro de Medellín señala que por este sector pasaba el antiguo camino de Guarne, el lugar llegó incluso a conocerse como barrio Guarne. Es decir, el sitio no nació como parque.

Antes de convertirse en punto de encuentro de periodistas, músicos, estudiantes y noctámbulos, fue un espacio de viviendas, solares, caminos y casas construidas con las técnicas de la época.

En 1952, el municipio realizó la rectificación de la carrera Girardot. Para hacerlo tuvo que comprar algunos terrenos y demoler antiguas construcciones de tapia. Después de las demoliciones quedó un espacio abierto que con el tiempo comenzó a funcionar como zona verde.

Pero quedó algo particularmente importante: un árbol, un guanábano. Quizá por eso resulta curioso que muchos años después ese nombre terminara identificando también la vida nocturna del lugar.

Durante los años sesenta, el espacio todavía no tenía las características formales para ser considerado el parque que conocemos hoy. En 1966 se instaló allí una placa conmemorativa relacionada con los combatientes de la Revolución Húngara de 1956, entonces comenzó a conocerse como Plazoleta de Hungría.[2]

Cinco años después, en 1971, un grupo de periodistas de Medellín promovió la instalación de un busto dedicado a Manuel del Socorro Rodríguez, el cubano considerado uno de los pioneros del periodismo colombiano. Y allí empezó otra historia, la del Parque del Periodista.

El nombre que nació como homenaje al periodismo, la gente terminó haciendo algo que suele hacer con los lugares de la ciudad: lo bautizó nuevamente…

El Periodista se volvió otra cosa

Comenzó a convertirse en un punto de encuentro de la bohemia, la contracultura y la vida nocturna del centro de Medellín. El nombre oficial hablaba de periodistas, la vida cotidiana hablaba de otra cosa. Hablaba de personas.

Sus visitantes: periodistas, escritores, estudiantes, músicos, artistas, fotógrafos, cineastas, poetas, vendedores, habitantes de calle, trabajadores nocturnos y personas que simplemente buscaban una mesa, una cerveza y alguien con quien conversar.

Algunos lugares de una ciudad no se construyen solamente con ladrillos, se construyen con conversaciones, con noches, con personas que regresan, con quienes llegan por primera vez y con quienes terminan convirtiéndose en parte de su paisaje.

El Guanábano fue fundamental en esa transformación. El bar abrió sus puertas el 17 de abril de 1990 y terminó convirtiéndose en uno de los lugares asociados a la identidad nocturna del parque. Alrededor de ese espacio se fueron consolidando establecimientos y encuentros relacionados con la literatura, la poesía, el cine, la música, el periodismo, el arte, los estudiantes y los movimientos contraculturales.

Por eso, cuando alguien habla del Parque del Periodista, es difícil separarlo de la noche, pero también sería injusto reducirlo a ella, el parque tiene otra memoria, una memoria mucho más dolorosa…

El parque también recuerda

Allí se encuentra el monumento Los Niños de Villatina, relacionado con la masacre de Villatina.[3] Entonces el lugar cambia nuevamente.

Ya no es solamente cerveza, no son solamente bares, no son solamente jóvenes sentados conversando hasta la madrugada. Aparecen otras palabras: memoria, violencia, víctimas, reparación, resistencia.

Eso es lo que más me gusta de algunos lugares de Medellín, se niegan a tener una sola historia.

El Parque del Periodista puede ser una esquina de rumba para quien llega de noche. Puede ser un lugar de encuentro para un estudiante, puede ser una mesa para un escritor, puede ser el recuerdo de una vieja conversación, puede ser el lugar donde alguien tomó su primera cerveza y, también, puede ser un espacio que recuerda a quienes no tuvieron la oportunidad de llegar a viejos. Quizá por eso hoy lo miro diferente.

Cuando llegué por primera vez al centro, yo veía un parque asociado a la noche, a los metaleros, a los punkeros, a la cerveza y a una Medellín que muchos preferían no mirar demasiado. Ahora, después de conocer parte de su historia, entiendo que estaba mirando solamente una de sus capas. Los lugares también envejecen y mientras envejecen, acumulan historias.

El Parque del Periodista tiene las de quienes hicieron del lugar un punto de encuentro, las de quienes encontraron allí una forma de expresarse y las de quienes simplemente pasaron una noche conversando. También aparecen y desaparecen sus árboles, sus monumentos, sus bares y sus recuerdos. Y tiene algo que ninguna placa puede explicar completamente: la gente que decidió quedarse.

Quizá esa sea la verdadera historia del Parque del Periodista. No la de cómo nació, ni siquiera la de cómo terminó llamándose así, sino la de cómo una ciudad fue llegando poco a poco a una misma esquina y decidió convertirla en punto de encuentro.

También llegué allí alguna vez, primero por trabajo, después por la noche, y hoy, muchos años más tarde, regreso por una razón diferente: para descubrir que aquel parque que yo creía conocer apenas estaba empezando a contarme su historia, hoy, 25 años después de sentarme por primera vez en este lugar, vuelvo a mirar el parque con otros ojos…

Ya no veo solamente el lugar de la rumba, de los tragos, de los músicos, de los estudiantes o de quienes alguna vez llegamos buscando una noche diferente. Veo personas que, sin saberlo, están construyendo la historia que algún día alguien contará sobre este lugar. Los lugares también cambian. Cambian sus nombres, sus habitantes, sus noches y sus historias.

Y quizá eso sea lo más bonito: que mientras uno cree que está sentado recordando su pasado, alrededor hay otros construyendo su futuro.

Hace 25 años me senté aquí por primera vez. Hoy entiendo que el parque no ha dejado de escribir su historia. Simplemente, cada generación llega con una página nueva.

jueves, 19 de febrero de 2026

Desde el centro, anotaciones: el trampantojo

Trampantojo

Gracias a los que me acompañaron en esta corta serie.

Les quise mostrar solo un lugar de los muchos que tiene la ciudad. El centro es, como me dijo alguien, “enigmático, bohemio, acogedor, atrayente”.

Al caminar a diario por los mismos lugares, uno aprende a ver y a escuchar lo que la mayoría no percibe. La idea principal de las cortas crónicas que lo acompañaron fue esa: que vean y lo conozcan; que, si no les gusta el centro, no sea motivo para no aprender a mirarlo y dejarnos asombrar.

“Desde el centro, anotaciones: trampantojo[1]

Entre los siglos XVII y XIX se hizo frecuente una expresión en el arte que me gusta mucho: trampantojo, aunque su utilización se conoce desde la antigüedad clásica.

Se popularizó en la pintura de bodegones y cuadros de caballete, buscando la máxima ilusión. Entre sus principales representantes se encuentran William Michael Harnett, John Haberle, John Peto, Pere Borrell del Caso y Louis Léopold Boilly.

En muchos casos se pintaban moscas con la intención de que el mecenas o el espectador se llevara la impresión de estar viendo algo real en el cuadro. La historia habla de muchos artistas que hicieron de esa técnica una forma de sorprender con una realidad fingida.

Les hablo de esta técnica pictórica porque en el centro —más exactamente en la plazoleta de San Ignacio— vemos la realidad. La mayoría la ignora, no la quiere ver, o, si la ve, piensa que es un trampantojo: algo que se ve real, pero no lo es.

En el centro hay cosas que ya no interrumpen. No porque hayan desaparecido, sino porque aprendimos a rodearlas. El centro es experto en eso: en hacer que todo encaje.

Los carretilleros que pregonan ofertas que muy pocos escuchan. Las escobitas barriendo el mismo polvo que vuelve cada mañana. Los policías mirando sus celulares con la tranquilidad de quien sabe que la escena no cambiará. El habitante de calle que deja de ser sujeto y pasa a ser fondo. La mirada aprende a bordearlo sin tocarlo.

El ruido ya no molesta. La realidad existe —violencia, pobreza, control, cansancio—, pero se vuelve paisaje, se integra al decorado cotidiano. Todo cumple su papel escenográfico. El engaño ya no está en la imagen; está en la mirada entrenada para no detenerse.

El trampantojo ya no consiste en pintar lo que no existe, sino en acostumbrarnos a lo que sí, el centro permanece ahí, sin disfraz, somos nosotros quienes afinamos la mirada para que nada nos interrumpa, la ciudad no engaña a los ojos.

No convivamos con la indiferencia.


[1] El trampantojo (de «trampa ante el ojo»,del francés trompe-l'œil, «engaña el ojo») es una técnica pictórica que intenta engañar a la vista jugando con el entorno arquitectónico (real o simulado), la perspectiva, el sombreado y otros efectos ópticos de fingimiento, consiguiendo una «realidad intensificada» o «sustitución de la realidad». También se utiliza para su referencia el término «ilusionismo»