Mostrando las entradas con la etiqueta Responsabilidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Responsabilidad. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de julio de 2026

Jugando a la democracia como si fuera gallina ciega

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

Tiene Colombia un grave problema de ilegitimidad e ilegalidad que mantiene a la sociedad jugando a la democracia como si fuera gallina ciega. Y eso nos pasa por aceptar en el debate democrático la participación de delincuentes y promotores de la subversión, del narcoterrorismo o sistemas autoritarios como el comunismo o de totalitarismos constitucionales como el SSXXI o la narco autocracia a la que se le abrió la entrada con el desconocimiento ilegal del NO y de la voluntad del constituyente primario que es el electorado en 2016 y con la subsecuente compra del Congreso y la corte para meter los acuerdos por medio del “fast-track” a la Constitución e instaurar la JEP en 2017.

Mientras eso no se corrija aquí vamos a seguir jugando a la gallina ciega política y generando más descontento social e inequidades de todo tipo, hasta que no quede vestigio de la democracia que por más de dos siglos nos ha mantenido unidos como nación.

Desde que hice la primera comunión he venido escuchando hablar a todo el mundo de “paz y de milagros”, pero por más que estudio e investigo y trato de averiguar, no he podido entender cómo funcionan esas dos cosas, ni he logrado que nadie me convenza de que eso existe por fuera del imaginario o sea real. La vida me ha enseñado a solo creer en el trabajo con ética, honestidad, transparencia y en hacer el bien con consistencia, que genere confiabilidad, y en poder cumplir siempre con el deber y hacer las cosas pensando en el interés general y el bien común.

De modo que el problema que tiene el país en medio de tantos intereses de poder representados en una actividad política anómala y en su mayoría corrompida es simple de comprender; si una edificación no está construida sobre unos cimientes sólidos y un piso firme, se cae de un solo lapo por un temblor de tierra o de a poquitos por causa de humedades y otros problemas estructurales, y lo mismo pasa si alguien los implosiona con dinamita, hay que volver a empezar por reconstruir esas bases con solidez. Entonces para poder tener un edificio bueno y funcional en donde vivir y trabajar, se refuerzan o se vuelven a hacer unos cimientes sólidos y se cuidan y se les da mantenimiento o no tenemos edificio en donde vivir y trabajar.

Y es que los fundamentos de las democracias son las instituciones políticas, sociales y económicas; y ellas no pueden estar operadas al mismo tiempo por una mezcla de personas que representan la licitud y otras que representan la ilicitud, el delito, la corrupción, el terrorismo y el narcotráfico e ideologías revolucionarias. Las revoluciones no transforman, primero destruyen todo y luego no tienen recursos ni gente preparada para reconstruir.

Por tanto, para poder solucionar el problema de que el país y todas sus áreas de funcionamiento puedan operar con una normalización clara y dentro de legalidad y no con un sistema operativo y de gobernabilidad híbrido e incompatible entre dos ideologías y dos modos de operar que se repelen, pues uno se enmarca en la ley y el otro en la legalidad, antes de hacer ninguna otra cosa. La misión de quienes operan esa institucionalidad es ponerse de acuerdo en que hay que meter a la cárcel a todos los ilegales así sean grandes delincuentes o roba gallinas, y en que los partidos garanticen por el mismo racero de la legalidad que quienes nos representen y nos gobiernen sean los profesionales más calificados y con más conocimientos y realizaciones con que cuente el país.

Si seguimos en un modelo de gobernanza conjunta entre la legalidad y la ilegalidad en cabeza de quienes nos gobiernan y administran, quienes legislan y quienes tienen la obligación de impartir justicia, y si seguimos llamando igualdad a la equidad, libertad al libertinaje, democracia a la anarquía y a la autocracia, conflicto armado a todos los ataques de los alzados en armas contra la sociedad y a la defensa de la constitución y la ciudadanía por medio de las fuerzas armadas equiparadas a los delincuentes, si seguimos acusando inocentes e indultando impunemente criminales de lesa humanidad, y si nos negamos a la transformación cultural para convertirnos en una sociedad civilizada en la era del conocimiento, entonces, el crecimiento y el desarrollo socioeconómico no son viables y el rumbo de la nación solo apunta al atraso, al empobrecimiento, al caos y a la destrucción de la institucionalidad, y por tanto seguiremos jugando gallina ciega y creciendo pero para abajo, como la cola de las vacas.

miércoles, 25 de febrero de 2026

De cara al porvenir: paseadores de perros

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

La tendencia moderna hacia la urbanización intensiva y la proliferación de apartamentos cada vez más funcionales y pequeños, ha coincidido en épocas recientes con el auge y el apogeo cultural por compartir la vida con mascotas, dentro de las cuales los perros y los gatos son los más representativos, corriente que va en aumento, ante la realidad socio demográfica de que los jóvenes no necesariamente quieren tener hijos, lo cual es una postura y una decisión de vida más que respetable.

Partiendo de la buena fe y de la legitimidad de un trabajo que responde a la necesidad sentida de que las mascotas que viven encerradas en apartamentos deben tener la posibilidad de salir a caminar para hacer ejercicio o a hacer sus necesidades biológicas, se hace cada vez más común ver, sobre todo en las horas de la mañana, a un puñado de jóvenes, hombres y mujeres que llevan en sus manos varios perros de diferentes tamaños, razas y edades (he llegado a contar hasta 14 perros en manos de un paseador), lo cual como imagen para quienes disfrutamos la presencia de los hoy denominados “peludos”, causa admiración y además, honda preocupación.

Los paseadores han tratado de manera espontánea de vestirse más o menos parecido para poder ser identificados.

Surgen algunas inquietudes mínimas y básicas, pero de profunda reflexión.

Si yo llevo por decir algo 7 perros y uno de ellos defeca, ¿si tengo la posibilidad de recoger ese popó con 7 perros encima? La respuesta es no y obviamente la suciedad se produce y se acumula, afectando a los peatones.

Si por alguna situación no deseada uno de los perros se escapa, ¿quién responde? No pensemos ingenuamente que el paseador, pues este no cuenta con los recursos para hacerlo.

¿Y si algún perro salta de la acera y es atropellado por un carro? ¿Y si algún maleante se roba alguno? ¿Y si alguno de los perros reacciona violentamente ante alguna persona y lo ataca?

Este tipo de servicios debe ser ofrecido de manera formal, alrededor, por ejemplo, de una cooperativa, de modo que exista un verdadero responsable y se pueda organizar esta actividad, que es necesaria y que presta un gran servicio pero que hoy en día es absolutamente informal y obviamente carente de capacidades reales para asumir responsabilidades.

Yo por mi parte no le entrego mis perros a nadie y si yo no hago ejercicio personalmente, pues espero la solidaridad de mis mascotas para que tampoco lo hagan.

Cada época trae su afán y hoy por hoy, en términos de convivencia, cuidado, respeto por los animales y adecuado uso del espacio público, se hace necesario que las autoridades tomen en sus manos la definición y aplicación de reglas claras para la prestación de este servicio hoy tan demandado.

Vivir en comunidad y tranquilos, no es fácil. De ahí que todos y cada uno debe aportar su granito de arena y fomentar la práctica del respeto.

Recordemos a Gandhi cuando dice: “Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales”.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

La solución se encuentra en lo esencial, no en lo superficial

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Buscar la cura de un enfermo simplemente mediante el tratamiento de sus síntomas, sin investigar previamente las causas de sus dolencias, no deja de ser un despropósito inútil y sin sentido.

Asimismo, pretender que un país que atraviesa una crisis integral –material y moral–, solucione su lamentable coyuntura a través de paños de agua tibia, de discusiones baladíes sobre candidaturas y jugarretas electorales o de una actitud indiferente de las mayorías, configura un suicidio colectivo.

Es exactamente a lo que nos enfrentamos, en medio de la irresponsabilidad de la clase dirigente, el desbordado egoísmo de la gran mayoría de aspirantes a la Presidencia en el próximo período y la confusión reinante entre los potenciales electores.

Aplicando nuestra propia fórmula, debemos concluir que el origen de nuestra tragedia no es la candidatura del guerrillero-presidente: que el recrudecimiento de la corrupción no se debe solamente a la designación de individuos deshonestos en posiciones claves del Estado; que la inseguridad que afronta la población no es causada exclusivamente por la disminución del pie de fuerza de los agentes del orden, y así sucesivamente en otros sectores de la gestión pública. No. La fiebre no está en las sábanas.

Las instituciones, buenas o malas, están regidas por seres humanos, y son estos los responsables de la actividad institucional. Gozan temporalmente del mandato que les confirió la democracia para que administren los recursos públicos.

Tienen los designados el libre albedrío para ejercer su cargo con arreglo a la normatividad vigente y a las necesidades de la población o, en su defecto, utilizarlos para su beneficio personal o el de sus familiares, amigos y la camarilla política que los llevó al poder.

Ahí está la cuestión fundamental que no debemos pasar por alto. La desviación en el ejercicio del poder público está originada en los valores que priman en la sociedad y se manifiestan en la conducta social o antisocial de los gobernantes.

Nos hemos conformado durante varias décadas con mantener unas instituciones formalmente democráticas, pero sustentadas en execrables prácticas como la compra de votos, el “clientelismo” en la provisión de los cargos públicos, los auxilios parlamentarios, rebautizados como “cupos indicativos” y toda clase de artimañas apara entrar a saco en los presupuestos públicos. Pero, eso sí, manteniendo el apego a unas inoperantes estructuras democráticas incapaces de conjurar el avance de la izquierda radical en Colombia.

Perdida la guerra frente a una tenaz acción de las fuerzas militares y de policía, especialmente bajo el régimen de la Seguridad Democrática que encabezó el doctor Álvaro Uribe Vélez, las guerrillas narcoterroristas dedicaron parte de su lucha a infiltrar los distintos estamentos de nuestra sociedad con su macabra ideología totalitaria basada en el odio de clases y en la destrucción de la civilización occidental.

Por miopía política, por temor a ser señalados como “fascistas” , o simplemente por soterrada claudicación, aprobó nuestra incompetente clase política la entrega del país al comunismo narcoterrorista en el Acuerdo de La Habana, punto de inflexión que precipitó la llegada del gobierno socialista del camarada presidente al poder ejecutivo.

Preguntémonos: ¿cuáles fueron las causas reales de esta catástrofe política?

La ausencia de valores en nuestra sociedad, influenciada por la violencia partidista, la tolerancia con la invasión cultural de la extrema izquierda, el adoctrinamiento de la juventud en las aulas, la persecución al núcleo familiar tradicional, la codicia por mantener acceso a las mieles del presupuesto y la falta de ética en el manejo de la cosa pública.

¿Cuáles son estos valores que hemos perdido?

La honestidad, que comienza por ser honestos con uno mismo y se expresa mediante la verdad, es decir, con coherencia entre lo que se dice y aquello que se piensa, se siente o se hace. La antítesis de esta virtud la exhibe sin sonrojarse el régimen actual que a diario miente a propios y extraños sobre todas las materias, aún a costa de convertirse en el hazmerreír mundial.

La solidaridad, que nos impulsa a entender el mandato divino de amar al prójimo, entendiendo sus necesidades, colocándose en el lugar de los más vulnerables y ayudándolos en la medida de nuestras capacidades.

El respeto por la vida, que es el bien más preciado de todo ser humano. No podemos transigir con la violencia narcoterrorista que condena a muchos compatriotas a morir por la ambición de los explotadores de la coca o por la acción depredadora de quienes buscan convertir a Colombia por la fuerza en un paraíso comunista. Tampoco podemos permanecer impávidos ante el asesinato de miles de seres en los vientres maternos, o de los menores que mueren por desnutrición mientras el Estado gasta recursos en politiquería o en proyectos inútiles, y derrocha recursos para favorecer a los corruptos.

La responsabilidad, que nos enseña el resultado de la autodisciplina, del correcto ejercicio de nuestras actividades para lograr nuestra superación y la posibilidad de ayudar a los demás. Va en contra de la actitud de quienes creen haber nacido con derecho a todo sin hacer esfuerzos para lograrlo. El ejemplo de muchos políticos que buscan el enriquecimiento fácil los alienta a seguir su pésimo ejemplo.

La justicia, que nos impone el deber de respetar los derechos de los demás y de velar porque cada uno reciba lo que merezca por sus actuaciones. Lastimosamente, nos hemos acostumbrado a una justicia ineficaz y extemporánea que estimula el ejercicio de la justicia por mano propia y dispara la impunidad y las tasas de criminalidad.

El respeto por la dignidad de la persona humana, que implica que tanto el Estado como los particulares respeten las libertades y derechos de cada uno.

El respeto a la familia, núcleo de la sociedad, cuya existencia está por encima del Estado, quien está obligado a protegerla. Se ha llegado a tal desconocimiento de este valor universal, que hasta el ministro de salud del régimen se atrevió a manifestar públicamente que los hijos pertenecen al Estado, arrebatando así la patria potestad a sus progenitores.

En su estudio sobre el psicoanálisis y el capitalismo titulado “Eros y civilización”, afirma rotundamente Herbert Marcuse, filósofo de origen alemán, que las perversiones juegan un rol central, pues expresan “la rebelión contra la subyugación de la sexualidad al orden de la procreación y contra las instituciones que garantizan ese orden”. Así lo ha entendido y practicado la izquierda radical, mediante el patrocinio de la ideología de género, el cambio de sexo desde la minoría de edad, el aborto que asesina millones de seres vulnerables en el mundo, y otras “perversiones” que puedan destruir la institución de la familia.

Finalmente, el patriotismo es un valor perdido que conviene destacar pues el desconocimiento de nuestra historia, nuestra indiferencia por los símbolos patrios y por los héroes que a diario ofrecen su vida y su integridad para mantener nuestra libertad, nuestra soberanía y la convivencia en el territorio nacional, acarrea un alejamiento de nuestros deberes ciudadanos y una inexplicable apatía por la suerte de la patria, ahora amenazada por el mayor de todos los peligros en su vida republicana.

martes, 21 de noviembre de 2023

De cara al porvenir: responsabilidad

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal

En el mundo de lo público, ante las frecuentes situaciones de ineficiencia, falta de productividad, corrupción o fracaso de algunos proyectos, es común decir o escuchar frases como esta: “en un país serio, ese alcalde (o ese gobernador o ese ministro) ya habría renunciado”.

No entiendo bien por qué no se hace el mismo comentario cuando situaciones similares se presentan en la órbita de lo privado. “Es que no somos accionistas y por lo tanto no podemos exigir rendición de cuentas”, diría alguien con alguna razón. Pero el asunto no admite una respuesta tan simple: no somos accionistas, pero somos clientes o proveedores o entes de vigilancia y control o, simplemente, hacemos parte de una comunidad en la cual las empresas desarrollan su actividad. En otras palabras, somos stakeholders y como tales somos destinatarios de la rendición de cuentas.

Esta introducción conduce a lo sucedido reiteradamente con la plataforma tecnológica del banco más importante del país que tiene una base de clientes de veintinueve millones (29.000.000). Sí ¡veintinueve millones de clientes! La más reciente situación se vivió en el puente del 11 de noviembre, cuando por más de veinticuatro horas la plataforma dejó de funcionar y fue imposible utilizar la APP, la página web y otros medios digitales para utilizar los servicios del banco, lo que ocasionó enormes perjuicios a muchos de esos clientes quienes no pudimos hacer una compra que necesitábamos hacer, o una pago para no quedar en mora, o una venta porque la mayoría de los clientes ya no usa efectivo e iba a pagar su cuenta con medios digitales incluso, en muchos casos, después de haber hecho el consumo, lo que ocasionó que disminuyeran las ventas o que los aprovechados que no faltan, hayan consumido prometiendo que “mañana le pago” (como bien nos lo recordaron con algunas de sus obras los admirados Carlos Mario y Cristina del Águila descalza, “mañana le pago” pertenece a los mismos productores de “no vuelvo a beber” y “la puntica no más”. Cierro paréntesis).

Y lo más grave es que no es un asunto nuevo, pues las fallas tecnológicas se iniciaron hace ya varias décadas cuando se presentaron las fusiones que originaron lo que hoy es Bancolombia. Con algún conocimiento de causa puedo referir que cuando se fusionaron el BIC, el Banco de Colombia y Conavi, se debía tomar la decisión de cuál tecnología asumiría la nueva entidad y, entre dos opciones (la del BIC o la de Conavi), se tomó la peor decisión, se optó por la del BIC a sabiendas que la de Conavi tenía mejores características. Han pasado muchos años y ese error inicial sigue presentando coletazos.

Es cierto que en organizaciones como Bancolombia existe una robusta área de sistemas y tecnología y allí está radicada una enorme responsabilidad por las fallas que suceden, pero no puede perderse de vista un principio administrativo tan tradicional como vigente: la responsabilidad no se delega y las cabezas visibles, presidente, gerente, CEO o como se le quiera llamar, debe responder por un asunto crítico de su negocio que no ha sido capaz de resolver. Lo más elemental que debe tener una empresa es la infraestructura física y tecnológica que le permita cumplir adecuadamente con su actividad y el tamaño, el número de clientes o la complejidad de las operaciones no puede ser una excusa.

La tecnología que requiere la aviación es muy compleja, el número de vuelos diarios en el planeta es innumerable, el número de pasajeros es enorme y resulta imperdonable que se caiga un avión. Así mismo y con las mismas características es imperdonable que se caiga la plataforma tecnológica de un banco y si sucede, alguien tiene que responder y no deben ser los mandos medios.

martes, 14 de noviembre de 2023

De cara al porvenir: protocolos empresariales

Pedro Juan González Carvajal

Después de casi 50 años trabajando como empleado, pues nunca tuve espíritu de empresario, trataré de recoger algunas experiencias y vivencias propias de esta actividad, que podrían ser de utilidad para quienes están empezando o están trasegando su vida laboral.

Sea lo primero reconocer que es vital que las empresas tengan claro cuál es su negocio o foco como llaman hoy y cuáles son las reglas de juego básicas que se tienen y que se deben tener en cuenta. Alguien les dirá políticas.

Es importante divulgar y respetar los procesos y procedimientos básicos como la entrevista y la inducción, para que estas actividades resulten respetuosas y útiles para los involucrados, teniendo en cuenta la necesidad de tener previamente establecidos y claros los perfiles.

Es vital al definir los objetivos, realizar una divulgación y un seguimiento permanentes. El director o gerente o presidente debe ser un comunicador nato.

La mejor forma de motivación es el ejemplo: la puntualidad, el trato respetuoso, la claridad de objetivos, el seguimiento sistemático y un alto nivel de exigencia.

No se deben promover ni tolerar verdades a medias.

No se aceptan opiniones que no estén respaldadas en datos.

La coherencia entre el pensar, el decir y el hacer son el verdadero patrimonio de un directivo. La ética, la honorabilidad, la verdad, el cumplimiento de la ley no son negociables.

El trabajar con respeto, con alegría y orientado a resultados, hacen parte de la dinámica productiva donde la empresa y los funcionarios ganan.

Hay que reconocer que, de algún modo, de manera temporal y mientras el directivo en particular sea la cabeza de la organización, existe una especie de simbiosis donde esta incorpora rasgos de la personalidad y el carácter del personaje.

Es importante conocer las condiciones, aptitudes y potencialidades de las personas que se tienen a cargo, para tratar de convertir el grupo de trabajo en equipo de trabajo.

Hay que entender que la disciplina y el orden son vitales y que además hay gente que aporta, no aporta o destruye valor.

Se tienen varios infinitivos que deben conjugarse siempre respetando la dignidad de las personas: contratar, despedir, felicitar, reconvenir, renunciar.

Es muy útil que todo el personal comprenda que las cosas hay que hacerlas bien desde la primera vez, ya que usualmente no hay tiempo para nada, a excepción de tiempo para repetir procesos o para corregir errores.

Debe existir una orientación particular y general hacia la sensibilidad comercial y hacia la actividad más importante para cualquier organización: vender su producto, bien o servicio. Esto no debe ser negociable. Todas las actividades son importantes, pero vender es la principal.

Es importante planear, pero además es muy importante tener previstos un Plan B o un Plan C, por si acaso.

Hay que ser respetuoso con el tiempo de todos quienes participan en la actividad empresarial. A los clientes y proveedores hay que evitarles esperas molestas y no ponerlos a dar vueltas para que puedan resolver su problema o inquietud. El buen servicio no consiste en atender con sonrisas zalameras, sino en resolver problemas en el menor tiempo posible.

De igual manera las reuniones deben ser agendadas con anterioridad, debe haber seguimiento de lo pactado en la reunión anterior y un orden del día por desarrollar.

Las reuniones no deben ser muy extensas ni deben proliferar, pues a pesar de que es un buen ejercicio de comunicación y de integración, muchas veces se vuelven una perdedera de tiempo o una simple dejada de constancia.

Las reuniones deben tener una hora puntual de inicio y una hora puntual de terminación y debe existir un comportamiento respetuoso durante su desarrollo: no tener el celular a mano, no distraerse con los computadores portátiles, ponerle atención a quien expone y no estar pensando en lo que corresponde presentar más adelante, respetar el uso de la palabra, ser ordenado y breve en las exposiciones.

Hay que recordar que para expresar y desarrollar bien una idea el método más sencillo y útil de aplicar es el de hipótesis – tesis - desarrollo.

Todos los ciclos se cumplen. Hay que ingresar bien a una empresa y hay que salir mejor. Si se ha de renunciar, se debe hacer una entrega completa del cargo. Definitivamente es de mala educación e irresponsable renunciar de un día para otro o durante una semana sin cumplir responsablemente con los compromisos adquiridos.

El comportamiento ético debe ser una constante, consigo mismo y con los demás.

El día que le dé pereza levantarse para ir a trabajar, pues sea ético con usted mismo y renuncie.

El trabajo debe producir alegría, gratitud y compromiso.

Se debe entender también, que el trabajo es un medio y no un fin en sí mismo. Por eso hay que hacerlo con gusto y con responsabilidad.

Durante la jornada laboral estamos aportando la mayor parte del tiempo en que estamos y somos conscientes.

Es una verdadera suerte el poder llegar a tener superiores de los cuales se aprenda algo. No tener esa posibilidad es una verdadera tragedia.

¡Buen viento y buena mar!

viernes, 28 de octubre de 2022

Sobre la puntualidad

Por José Leonardo Rincón, S. J.*

“Cuando a uno le interesa algo, es puntual. Puntualidad es sinónimo de interés”. Esta era la sentencia lapidaria con la que mi inolvidable amigo Julio Jiménez nos motivaba en las actividades que orientaba, de manera que, llegado el momento de la cita, el evento iniciaba a la hora en punto. Así se hicieron famosas entre nosotros la “hora javeriana”, la “hora ignaciana”, para aludir que era a la hora exacta. Y no faltaba quien jocosamente preguntaba para distinguir: “¿hora colombiana u hora javeriana?”

El tema de hoy va a que si algo nos caracteriza en nuestra idiosincrasia es ser impuntuales. Y es que hay frases como: “más puntual que novia fea” que parecieran estimularla y con las cuales se rididiculiza ser exactos. No extraña entonces que, efectivamente, novia que se respete se haga esperar. Y uno de cura o de feligrés ya sabe que de afán no puede estar si hay boda de por medio.

Se sabe de antaño que la hora judicial tenía la flexibilidad de 60 minutos y que ser puntuales es una virtud exótica. Sin embargo, hay citas para las que corremos, un partido de fútbol, un cine, un concierto. Y no nos interesa madrugar a hacer fila y esperar lo que sea necesario. ¿Por qué ahí sí funciona? Simple. Porque nos interesa. Tenía razón entonces mi finado amigo.

Llegar tarde porque nos cogió la noche, siempre encuentra excusas: había mucho tráfico, hubo un accidente, cualquier cosa para excusar que no calculamos bien el tiempo y no salimos oportunamente. Nuestro tiempo es valioso, el de los demás no importa. Las aerolíneas fingen ser puntuales llamando abordo, pero una vez adentro del avión, los pasajeros tienen que soportar tiempos interminables. Me pasó en estos días: en el vuelo de ida, 50 minutos en pista esperando y en el vuelo de regreso, dos horas en sala. Las explicaciones resultan ridículas porque las versiones de los funcionarios no coinciden: mal tiempo, congestión de tráfico aéreo, cambio de tripulación a última hora, falla técnica…, lo que sea, mentiras e irrespeto por doquier.

Ya es proverbial la impuntualidad del jefe de Estado. No es cuento, no es calumnia, no es oposición. Uno sabe que hay asuntos muy importantes de por medio, pero hacer esperar más de una hora no tiene ninguna presentación. Que pasó una vez, vaya y venga, pero que sea costumbre, habla muy mal del equipo que maneja la agenda y del funcionario por no tenerla bajo control. Es cierto que es muy importante el personaje, pero también es cierto que hay que dar ejemplo y marcar pauta.

Personalmente me encanta la puntualidad. Es sinónimo de interés y de respeto, como ya se dijo. Nada mejor que comenzar una reunión a tiempo y concluirla, igualmente, a la hora convenida. Todos tenemos labores que realizar, otros compromisos qué atender, personas esperando en la oficina o en la casa. La puntualidad en otras culturas es un valor: el tren sale a las 10:38 y a esa hora sale. El autobús pasa a las 5:57 y a esa hora pasa. El concierto comienza a las 9:00 y a esa hora comienza. En eso se diferencian bastante latinos de anglosajones. Me quedo con estos. Macondo es maravilloso, pero podemos hacerlo todavía mejor.

viernes, 26 de agosto de 2022

Poner la cara

Pedro Juan González Carvajal
José Leonardo Rincón, S. J.*

“Errare humanum est” afirma taxativamente el adagio latino: es propio del ser humano equivocarse. De modo que hay que aceptar con paz que podemos errar, fallar, embarrarla o, como decimos coloquialmente, meter las patas. Nos ha pasado a todos y, claro, eso produce vergüenza, nos hace sonrojar. “Hacer el oso” no es algo deseable y nos apena. Sin embargo, repito, eso no debería acomplejarnos, sino que rápidamente deberíamos aceptarlo, asumirlo, superarlo.

A Colombia suelen confundirla con Bolivia. Guillermo León Valencia gritó “¡Viva España!” brindando con el general De Gaulle. Iván Duque tuvo su lapsus al decir “así lo querí” por querer decir “así lo quise”. Y en estos días Francia Márquez confundió “astrólogos” con “astrónomos”. Obviamente esos errores los explotan para burlarse y ridiculizar, de ahí que, sintiendo pena ajena, uno no quisiera pasar por una situación similar.

Así las cosas, todos los días acaecen equivocaciones. Eso es normal. El problema no es que acontezcan, el problema es que no se reconozcan, no se acepten, se nieguen, no se asuman. Como esas realidades evidencian nuestra fragilidad y desnudan nuestra limitación, muchas veces buscamos sacarle el cuerpo a la verdad, las ocultamos, las disfrazamos, buscamos toda clase de excusas y pretextos. Ese es un error más grave, porque si el primero no fue premeditado, sino que fue fruto de un accidente, el segundo sí es grave porque muestra nuestra incapacidad para mejorar.

A esas difíciles situaciones hay que ponerle la cara, esto es, asumir de frente y sin actitudes elusivas, nuestra responsabilidad. Cuando eso sucede, de tajo, quedamos sorprendidos y gratamente impresionados. Y el que estuvo caído se yergue recuperándose de manera instantánea. ¿Por qué no hacerlo entonces?

Entonces, no habría que decir “se cayó el sistema” cuando en realidad es que hay ineficiencia de algún funcionario; o decirle, a los pasajeros de un avión, “hay mal tiempo en la otra ciudad” cuando la verdad es otra; afirmar que el presidente está en intensas reuniones de trabajo, cuando la realidad es que tuvo un problema de salud; llegar tarde a una cita porque “había un trancón terrible”, cuando lo cierto es que se salió retrasado. Lo que fastidia es descubrir la mentira y lo que choca a tope es que lo crean a uno tonto. Tan bonito cuando se dice la verdad: estamos colapsados y no damos abasto; cometimos un error en el conteo de los pasajeros y debemos superarlo; llegué tarde porque me dejé coger la noche. No le cumplimos con su trabajo porque calculamos mal el tiempo de fabricación.

Cuando se pone la cara, la otra parte se sorprende y el malestar se supera o se asume de manera diferente. Perdón, me equivoqué. Yo asumo la responsabilidad de este asunto porque entendí mal la instrucción. Nos vamos a demorar dos días más porque nos faltó verificar un procedimiento. Hablar claro y sinceramente, lejos de empequeñecer, engrandece. Es una actitud que hay que desarrollar, una cultura organizacional que hay que aprender y practicar. Ser honestos no cuesta nada y en cambio sí muestra la calidad de las personas y el talante de cualquier entidad. Prueben y verán que es cierto.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Navidad rima con responsabilidad

 Por José Leonardo Rincón, S.J.

José Leonardo Rincón
Muchos creen que con el descubrimiento de las vacunas la pandemia se acabó. No señores. El asunto continúa, y por ese relajamiento en los cuidados, podemos tener una segunda oleada de contagios masivos que pueden resultar letales. Es verdad que estas fiestas decembrinas son una ocasión feliz para escaparse del confinamiento prolongado, oxigenarse, distensionarse y prepararse para un año nuevo, que todos lo queremos mejor y distinto, pero esas  no son razones para abusar.  Está comprobado que hemos sido juiciosos con las normas básicas de bioseguridad cuando estamos en la calle o con extraños, pero, igualmente, que las hacemos a un lado cuando estamos en reuniones familiares y de amigos. Ha sido precisamente en esos espacios donde el virus hace de las suyas.

La normalidad que anhelamos debe ser vivida con responsabilidad. Es cierto que por salud mental debemos seguir adelante, pero esto implica auto cuidado en todos los aspectos: alimentación balanceada, ejercicio físico, una tarea que nos ocupe, necesario descanso, espiritualidad que ayude a dar sentido, afectos que conforten, esto es, una vida bien vivida. Los profesionales de las ciencias de la salud nos han hecho caer en cuenta que el virus hace mella, no solo en personas que poseen las famosas comorbilidades (diabetes, inmunodepresión, problemas cardiovasculares) sino también en aquellas con afecciones mentales, sin mayor calidad de vida y que no manifiestan razones o motivos para proseguir su existencia.

 

Navidad es un tiempo excepcional para estar más cerca de los seres queridos, para compartir nuestros ritos familiares de encuentro alrededor de las tradicionales novenas, gastronomías locales y celebraciones familiares, para alimentar la alegría y la esperanza de los niños que recién comienzan sus vidas; es decir, para expresarnos el afecto unos a otros de muy diversas maneras: una llamada, un regalo, una tarjeta de saludo, una visita. Por eso mismo, porque nos queremos tanto, tenemos que ser responsables y muy juiciosos. Con la mejor voluntad, sin malicia, podemos convertirnos en vectores propagadores del COVID. Casos dolorosos hemos visto como para volver a repetir la historia.

 

Personalmente quiero desearle a todos y cada uno de ustedes y a los suyos, una feliz Navidad. Quizás suene a manida frase de cajón, pero en realidad encierra profundos sentimientos de gratitud por estar siempre ahí, haciendo eco de mis reflexiones en voz alta o sencillamente sacando unos minutos para leerme y concordar o discordar en respetuoso silencio. Que el Dios de la vida, que quiso hacerse uno como nosotros y por ende frágil y vulnerable, nos de la fé y las fuerzas necesarias para seguir adelante. Hay muchas razones para seguir viviendo. Qué más que seguir anunciando su Buena Nueva en un mundo patas arriba, distraído en banalidades, desorientado y sin sentido, una humanidad más espiritual y menos consumista, como acaba de decir Francisco. Dios los bendiga y cuídense mucho, pues solo haciéndolo, colaboran a que el proyecto de Jesús pueda hacerse realidad. ¡Tenemos mucho por hacer! ¡Feliz Navidad con responsabilidad!

viernes, 22 de mayo de 2020

Bajo nuestra responsabilidad


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Durante estos días de cuarentena y aislamiento, primero obligatorios y después preventivos, realmente estuve muy juicioso. Idealmente hubiese querido no salir a la calle para no exponerme, pero debí hacerlo cada ocho días para buscar los alimentos y objetos de primera necesidad. Creo que les conté que, de la primera a la última salida en estas nueve semanas, de una impresionante soledad que me hacían sentir en un primero de enero a las 7 de la mañana, me llamó la atención cómo, cada vez más, había más gente hasta parecer hoy haber vuelto a la normalidad.

Entre el gobierno nacional y los gobiernos locales, con sus tires y aflojes, sus más y sus menos, creo que los responsables de estos destinos quisieron responder a la altura del desafío y creo, también, que lo hicieron bastante bien adoptando medidas de control sanitario, económico y social en un abanico muy amplio de temas complejos. Ya veremos luego como la historia juzgará esto que vivimos, por lo pronto, así lo hemos querido, la pelota está en nuestra cancha y nos toca ahora proceder de la mejor manera como ciudadanos, bajo nuestra responsabilidad.

Tengo la impresión de que la mayoría de la gente vivió esta inédita experiencia con seriedad y muchos a profundidad. Claro, no faltaron los inmaduros, los irresponsables y los payasos que creyeron que esto era un juego. Quizás por estas actitudes erráticas el virus de marras sigue haciendo su agosto y los casos aumentan día por día. Nunca pude tener claro si llegamos al tope de la curva y si esta logró aplanarse. El número de contagiados y muertos sube y no sé si se aproxime una crisis peor y el famoso “acordeón” ahora abierto, deba volver a cerrarse. Eso está bajo nuestra responsabilidad.

Creo igualmente que no tenemos un panorama tan trágico y desolador como el europeo, gringo, brasileño o ecuatoriano, por las medidas adoptadas oportunamente. Que el lavado de manos frecuente, que el tapabocas, que los guantes, que los geles y alcoholes, que la distancia, que esto y aquello, todo eso ha servido y nos corresponde por disciplina social seguir poniéndolo en práctica si no queremos irnos de narices a la debacle; eso queda bajo nuestra responsabilidad.

Y si volvemos a la “normalidad”, a lo mismo de antes, si no aprendimos la lección y tercos cual mulas procedemos igual o peor que el 20 de marzo y de poco o nada nos sirvió el asunto, eso está bajo nuestra responsabilidad. Como queda bajo nuestra responsabilidad ser mejores personas, más humanos, más responsables con el cuidado propio, del entorno y de los otros, más solidarios con los náufragos de este tsunami socioeconómico, más conscientes de nuestra limitación y fragilidad, más realistas respecto de lo que es realmente importante y lo que es relativo, más autocríticos y menos criticones, en fin… todo eso está bajo nuestra responsabilidad.