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viernes, 8 de mayo de 2026

Terminar etapas, cerrar ciclos

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Así vivamos muchos años, a la hora de la verdad la vida es corta, por eso nos han enseñado que hay que vivirla a plenitud disfrutando cada instante. El famoso “¡carpe diem!” que tantas veces he mencionado aquí.

Esa vida, si se puede decir de esta manera, está dividida por etapas: la niñez, la adolescencia, la juventud… cuando hablamos a nivel etareo, o por épocas: de formación, laboral, jubilación… Todo tiene un comienzo y tiene un fin. Cada una de esas etapas también tiene sus propios momentos, fragmentos de tiempo, ciclos. Como alguna vez me lo dijo Alba Liliana, una amiga, psicóloga ella, esos ciclos hay que abrirlos, pero también hay que cerrarlos bien. O como nos lo dijera tantas veces el maestro Julio Jiménez, a propósito del arte de orar: hay que saber comenzar y saber terminar. Las cosas hay que hacerlas, saberlas hacer y hacerlas bien. Nada más satisfactorio que concluir una misión con alegría, con la frente en alto y con la satisfacción del deber cumplido.

A propósito, por estos días, siento que están concluyendo dos ciclos muy importantes en mi vida: la pascua de mi madre cerró el ciclo de su vida física y abrió el de su incursión en la vida eterna, dos planos existenciales cualitativamente valiosos ambos, también muy diferentes pues cambia nuestra manera de relacionarnos sin que se pierda la esencia. Y en estas dos últimas semanas he estado realizando el empalme en el que ha sido mi trabajo estos ocho años y cuatro meses como administrador provincial. Tiempo laboral, tiempo de servicio, tareas retadoras en múltiples frentes, problemas por resolver todos los días, por suerte rodeado de un muy buen equipo.

Coincidieron cronológicamente los dos. Y ya sabemos que los tiempos de Dios son perfectos. Él sabe cómo hace sus cosas y en qué momento las presenta. Así lo he sentido y vivido como hombre de fe. Viene ahora un breve receso para el descanso, necesaria ocasión para rehacerse, poner al día asuntos pendientes, reencaucharse espiritualmente, ordenar la casa interior… y en medio de la expectativa por lo que pueda venir, ponerse en las manos de Dios, disponerse con apertura y generosidad frente a la nueva misión, con sus nuevos retos.

Me siento bendecido en esta coyuntura. Muy rodeado, arropado, apoyado, querido, por muchos. Alguien me lo dijo con afecto y firmeza: se cosecha de lo que se ha sembrado. Entonces me sereno y acepto que he querido hacer las cosas honestamente buscando lo mejor para todos, con sincero afecto, tratando de hacerlas con la excelencia que inspira nuestro magis ignaciano. “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Solo hay gratitud humilde. Lo que Dios quiera. Siempre será lo mejor y más conveniente no solo para uno sino para todos. Esa convicción vuelve a tranquilizarme. Estamos en las manos de Dios, ese es nuestro consuelo y también nuestra esperanza.

martes, 7 de octubre de 2025

De cara al porvenir: frases bonitas... y falsas

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

En una de sus últimas entrevistas Giorgio Arrmani, ícono mundial de la moda, dijo: “Mi único arrepentimiento en la vida fue haber pasado demasiadas horas trabajando y no suficiente tiempo con amigos y familia”.

Esta sentida frase que da lugar a profundas e inútiles disquisiciones filosóficas, resulta válida días antes de morir, pero si Armani hubiera tenido a la certeza de vivir 20 años más, 19 y medio los hubiera dedicado al trabajo y algunos espacios a los amigos y la familia.

De la misma familia de la confesión arrepentida de Armani son: “Si pudiera volver a nacer cometería menos errores, dedicaría más tiempo a las cosas simples y no me entregaría tanto al trabajo” o “Si pudiera hablar con mi yo de 20 años, le diría que no se dejara atrapar de la rutina, que no vivera tanto para los demás y que pensara más en él”.

Sin duda son frases atractivas, además, reconozco que hay algunas personas que por convicción actúan así pero realmente, son pocas. Lo cierto es que, en la vida hay momentos y hay etapas y, para acabar de ajustar, esos momentos de vida son diferentes. Cuando estamos pequeños y quisiéramos estar permanentemente con nuestros padres, estos están trabajando, porque están en plena etapa productiva y porque tienen la responsabilidad de levantar a sus hijitos. Cuando estamos adolescentes y empezamos a creernos autosuficientes, los padres se convierten casi que en un estorbo. Cuando nuestros padres están viejos, estamos en un momento crucial de la vida profesional y de responsabilidades familiares –los hijos en la universidad, por ejemplo– que nos absorben por completo. Y, como dijo alguna reconocida filósofa: “Y del mismo modo, en sentido contrario”.

Y, realmente, poco tiene que ver con decisiones voluntarias, pues más bien, es el ciclo de la vida.

En ese hipotético reinicio de la vida, francamente creo que la viviría tal como la he vivido, con los mismos errores, y no voy a incurrir en el eufemismo meloso de decir que fueron aprendizajes, No, ¡fueron errores! Tomaría las mismas decisiones porque, de nuevo, sería imposible predecir sus resultados y solo se sabe si una decisión fue buena o mala, con espejo retrovisor.

En fin, pero como todo depende del momento, seguramente si días antes de morir me hicieran una entrevista a lo mejor diría lo mismo que Giorgio Armani.