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miércoles, 8 de septiembre de 2021

¡Ante un país que podría morir!

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Con un gran libro, En Colombia, el terror nunca fue romántico, que Cangrejo- Editores acaba de publicar, Eduardo Mackenzie advierte que,

[el nuestro] es un país que podría morir, porque las instituciones liberal-conservadoras que sus líderes y ciudadanos edificaron durante más de 200 años con tantos sacrificios (…) están siendo demolidas (…) fuerzas totalitarias quieren transformar a Colombia en un satélite miserable de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Así arranca la más reciente obra del principal analista e historiador de la permanente intentona del partido comunista colombiano por conquistar el poder. Es verdad que este nunca pudo triunfar, ni electoral ni militarmente, pero a partir del acuerdo de La Habana logró —como afirma Mackenzie— “parcelas del Estado y de la sociedad”.

En efecto, “la negociación con las Farc fue una obra maestra de la revolución palaciega, obtenida por las vías de hecho, que condujo a la capitulación del Estado democrático ante las ambiciones del narco-comunismo”.

El primero y gran libro de Eduardo Mackenzie, Las Farc, fracaso de un terrorismo, en dos tomos que suman 485 páginas (Bogotá: Planeta; 2007), es, sin duda alguna, la mejor y más completa historia del comunismo nacional a través de sus vicisitudes y de su gran herramienta, la más criminal y despiadada guerrilla.

La desgracia mayor de nuestra historia es que la derrota de ese terrorismo —lograda a principios del siglo xxi con un gran costo social y humano—, que auguraba una vigorosa época de progreso nacional, haya sido transformada, en la mesa de negociación habanera, en la demolición institucional que condujo al actual gobierno de transición, y que puede llevarnos al abismo, si dentro de nueve meses el electorado, desorientado por unos medios falaces, políticos corruptos y el dinero inagotable del narcotráfico, se deja llevar por las sirenas de la demagogia promesera y dadivosa.

Formalmente, el libro recopila los artículos de su autor en 2020 y algunos del presente año, escritos para su infatigable blog y para los medios democráticos que los publican, pero en realidad constituye un completo e implícito análisis sobre la teoría y la praxis marxistas actuales en nuestro país, porque Mackenzie trata los asuntos siempre como calificado ensayista. En su trabajo subyace un conocimiento profundo del tema, de la realidad nacional y del contexto global dentro del cual se mueve la bien planificada estrategia que puede acabar con nuestra democracia y con el futuro de todos.

Eduardo, además, escribe muy bien. Todas sus páginas unen amenidad, precisión y observación original, para iluminar al lector sobre el trasfondo aterrador del proceso revolucionario, sigiloso y eficaz, que está socavando día y noche la sociedad colombiana.

Para quienes lo hemos seguido, el repaso de sus escritos permite apreciar mejor la estatura intelectual y moral de este campeón de la democracia, pero a quienes lo descubran gracias a este libro ya no les será posible continuar despreocupados frente al peligro supremo que tantos no quieren ver.

miércoles, 12 de febrero de 2020

La verdad histórica

Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Desde tiempos inmemoriales la historia ha servido como arma política. Emperadores y reyes tenían sus cronistas, cantores y poetas. Por eso es tan bello el trabajo del historiador moderno y científico, independizado del tesoro público en cuanto procura extraer la verdad de los hechos del acumulado de los mitos, interpretaciones, opiniones, discursos, leyendas, fábulas y propaganda que los ocultan, disfrazan, disimulan o tergiversan…

Desde luego, estos historiadores casi nunca logran cambiar con sus descubrimientos lo que los pueblos han llegado a creer a lo largo de siglos de repetición de lugares comunes, de propaganda nacionalista o de buena literatura. Cada país tiene su leyenda dorada, que se transmitía, en primer lugar, a través de la escuela primaria. En ella se repetían los héroes, las batallas y los grandes acontecimientos, sin el menor sentido crítico. En la edad adulta unos cuantos analizaban ese sustrato cultural, para sacar conclusiones en forma de estudios y libros, unos mejores que otros y algunos incomparables.

Pero en ningún caso sus autores podían pretender haber llegado a la verdad absoluta sobre determinado asunto. Las luces que aportaban sobre algo determinado apenas eran el punto de partida para investigaciones posteriores. A nadie se le ocurría acudir al gobierno para que este decretase qué era lo que había ocurrido en tal fecha y quién tenía la razón en determinada afirmación.

El papel de un gobierno democrático debe limitarse a mantener cuidadosamente un archivo lo más completo posible de los documentos oficiales, y a sostener una, cien o mil bibliotecas donde se almacenen libros, discos, películas etc., para que los ciudadanos se enteren de los hechos pasados y los interpreten libremente.

Con la aparición de los movimientos políticos totalitarios se hizo evidente la importancia para ellos de disponer de una “historia” que justificara todos los actos tendientes a eliminar el recuerdo de la vida anterior a la revolución, que legitimara toda la violencia necesaria para la creación del nuevo orden y que condujera al cambio cultural profundo en las nuevas generaciones.

Por eso Lenin ha atribuido al partido la facultad de determinar de manera omnímoda la verdad, sin competencia posible sobre ella. Esta no será cosa distinta de lo que el partido diga, y por tanto será variable, mutante, fluctuante al vaivén de las circunstancias y las necesidades del momento. Así se resuelven todas las dudas, inquietudes y angustias, porque el partido —es decir el jefe— dicta las creencias y modifica los hechos. La historia se convierte en herramienta política e ideológica.

No es entonces de extrañar que los comunistas y los fascistas manipulen así la historia, desde el colegio hasta la academia, en las artes plásticas, el cine, el teatro, los medios y la producción editorial. Así fue en la URSS, en sus satélites, en Cuba, ahora en España (con las leyes de memoria histórica, especialmente sesgadas), y en Colombia, en trance revolucionario, donde se inventaron, primero, un Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), y segundo, una Comisión de la Verdad, siniestro tándem para la creación de una historia al servicio de la revolución, de la cual se habrá de nutrir la obligatoria “cátedra de la paz”.

Desde el nombramiento de un auténtico historiador profesional, de un investigador serio e imparcial, Darío Acevedo Carmona, el CNMH dejó de ser una herramienta ideológica y un proficuo paraíso burocrático para historiadores mamertos, para empezar (después de largos años al servicio de la empresa revolucionaria) a cumplir su tarea como centro de documentación, en lugar de centro de adoctrinamiento y propaganda.

Perder ese fortín era perder un instrumento poderoso de desinformación , y por eso llevan meses enteros de una campaña mendaz, feroz e incansable contra el doctor Acevedo, orquestada nacional e internacionalmente, de medios, “profesores”, senadores, “historiadores”, cuyo último episodio ha sido el de una clandestina “Coalición Internacional de Sitios de Conciencia”, financiada, desde luego, por las fundaciones de Soros, que Eduardo Mackenzie, con su artículo “Complot mamerto contra Darío Acevedo” denuncia de manera contundente. (http://www.periodicodebate.com/index.php/opinion/columnistas-nacionales/item/25197-complot-mamerto-contra-dario-acevedo)

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El primer número de la edición colombiana de la revista Forbes, biblia de los yuppies, resultó tan superficial como crédulo, porque hasta le come cuento a la Comisión de la Verdad y a su ladino y solapado jefe.

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Julio Arboleda declinó ante el presidente Herrán su nombramiento como Secretario de Relaciones Exteriores: “(…) hay una cualidad de la que carezco, la edad, y no pudiendo reemplazar tal carencia, me expongo a que la Nación sufra los errores de mi inexperiencia”.

jueves, 11 de abril de 2019

Eduardo Mackenzie


Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Los medios electrónicos nos permiten ahora un contacto muy cercano, tanto con amigos como con acontecimientos, comentarios estudios y opiniones. En buena parte eliminan el tiempo y la distancia. El internet, del que soy el menos capaz como usuario, sin embargo, ha hecho posible un intercambio muy frecuente con un escritor sobresaliente, Eduardo Mackenzie, hasta el punto de poder considerarlo un amigo próximo, a pesar de que él vive desde hace muchas décadas en París.

Ese intercambio ha enriquecido mi pluma, porque sus escritos siempre orientan, y porque en más de una ocasión, en comunicaciones privadas, que siempre agradezco, me ha hecho reflexionar sobre puntos que he descuidado, o me ha hecho detener oportunamente la expresión de ideas no lo suficientemente maduradas, prematuras o imprudentes.

En efecto, lo más importante de los escritos de Eduardo consiste en su capacidad de orientación, fruto de una dedicación ejemplar a los asuntos de Colombia. A ellos consagra tres o cuatro escritos magistrales cada mes, y, diariamente, durante décadas, recopila lo más importante que se escribe en o sobre nuestro país, en un blog imprescindible, Colombian News, que devela las grandes líneas de la larga, bien planificada y audazmente concertada acción de las fuerzas revolucionarias que avanzan hacia el total dominio del país.

Afortunadamente, la historia de Colombia no podrá escribirse contra los testimonios recogidos por Eduardo, a pesar de todo el esfuerzo de la “Comisión de la Verdad”, encargada de preparar la historia leninista para nuestro país.

Ahora bien, lo más admirable de esa incansable acción patriótica de Mackenzie es que se ejerce desde Francia, país que conoce y admira, cuya lengua escribe con la mayor elegancia, e incluso a veces lo hace mejor en ella que en español. Además, su esposa es una dama francesa, delicada, culta y encantadora, madre de su hija. Pero en Eduardo, nada ha disminuido su amor por Colombia. Todos conocemos a parientes y amigos que se asimilan plenamente a sus nuevos países, hasta el punto de conservar apenas un leve contacto emocional y esporádico con su patria inicial. Lo contrario ocurre con Eduardo, cada día más apegado a su patria amenazada, donde muy pocos son conscientes de los peligros que ponen en riesgo su existencia como comunidad civilizada, productiva, libre y democrática.

Por esas razones no podía regresar a Colombia, de un interesante periplo turco, sin ir a conocer personalmente al amigo y maestro. Acabo de compartir con él maravillosas horas en Chartres (donde empieza a resplandecer la catedral, a medida que se retira el grasoso hollín de los siglos), y en su apartamento-biblioteca. La profusión de bellas ediciones de los mejores libros en el más envidiable orden tiene mucho que decir sobre la erudición y la organización mental del gran escritor político que es Eduardo Mackenzie.

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Turquía es un país sorprendente, uno de aquellos pocos que superan la expectativa del visitante. Limpio, ordenado, próspero, con envidiable nivel de vivienda y magníficas carreteras y autopistas. Si los problemas de Colombia no se agravasen día a día, valdría la pena comentar lo que admira el viajero.